Ideas: Como Isabel Coixet (de
nuevo). Shakira. Eufemismos. Providencia. Mi problema. Limón, piña y
cubiertos de madera.
Lista de la compra: Apartado
obligatorio en este diario que cada vez tiene menos contenido porque mi vida se
está retorciendo como esas ramas de los árboles se retuercen, como se retuerce
una toalla empapada de un suelo inundado, como un pescuezo de alguien que se lo
merezca. En este retorcimiento no tengo ni tiempo mental ni ganas de hacer
listas de la compra y voy improvisando, saliendo al paso como voy pudiendo.
SobreViviendo.
Una de mis niñas —no diré cuál
y así la protejo al menos al 50%— es propensa a dejarse llevar por el fenómeno
fan y se me hace «adicta» a determinadas personas famosas a las que admira. He
heredado esa costumbre suya y ahora adoro hasta el infinito a Isabel Coixet. Me
gusta todo lo que escribe, incluso cuando no estoy de acuerdo con ella, y
espero con ganas que llegue el domingo para leerla en su hermosa lavandería.
Creo que ya lo he dicho por aquí alguna vez. Es posible, probable, que la
persona que yo creo que es no sea la que es en realidad. No se conoce a nadie
por lo que escribe, ¿o sí? ELLA, para mí, es una diosa de las pequeñas cosas,
capaz de mirar a través el ojo de una aguja o un cristal empañado. Ella se
sienta escondida detrás de una taza de café —en mi caso, nunca sería de café—
en un bar, sin quitarse el abrigo rojo por el que asoma un jersey de cuello
vuelto verde manzana y observa con sus ojillos curiosos, vestidos con sus gafas
miopes de colores chillones, lo que ocurre a su alrededor, pensando, aún, que
pasa desapercibida, porque en su infancia fue un fantasma —como yo— y su
contorno se difuminaba de cualquier forma, en cualquier parte.
Mis enconado intento de vivir
fuera de la actualidad no ha sido capaz de evitarme el escándalo de Shakira y
su canción. He visto todos los memes, me he reído con alguno, pero aún no he
escuchado la canción entera. Incluso he participado en la controversia sobre si
está bien o no lo que ha hecho. Imagino que volverán a venderse relojes Casios,
si es que dejaron de comercializarse, y hasta he visto a la venta calcetines
con Twingos y la demás simbología que brinda la letra del nuevo hit. Yo
es que soy de venganzas pa’dentro.
Mi problema, quizá, es mi
transparencia. De forma que puedo exponer mi hígado, mis riñones y un puñado de
vísceras sobre esta misma mesa. Mi problema, quizá, es que soy demasiado cruda
y no porque me falte cocinado, que lo hubo a la antigua, paciente y lento, sino
porque hay una crudeza que no hay fuego capaz de eliminar. Mi problema, quizá,
es que a veces me faltan lágrimas o me sobra cuero. Que aprendí a pasear con
trajes invisibles y no me da vergüenza, pero a los demás sí.
Coixet me habla de cine, de
gente de su barrio, de su hija, de las cosas que le gustan y las que la
enervan. Miro su edad en la Wikipedia y alucino. No la voy a decir por si acaso
—quién sabe— me lee y no le hace gracia, pero está maravillosa y la envidio.
Envidio su melena negra y abundante, su rostro sin arrugas, su sonrisa
relajada, sus colores, su talento y creo que podría ser su amiga y que nos
reiríamos mucho juntas desde nuestro rincón colorido en la sombra.
Mi problema es que me cuesta
controlar la intensidad de mis pasiones, que si me enamoro escribo poemas y
recibirlos da pudor, que levito después de ver una buena película, que buceo
por las alcantarillas de Sevilla y grabo en video a las ratas que nadan bajo el
puente de Triana —es cierto, tengo la prueba— y tiemblo de miedo y de asco, pero
me quedo, porque en el fondo, hay algo en ello que me pone. Mi problema es que
no me da miedo el miedo y eso asusta.
Después de un mes de parón,
mañana carrera en Cazalla. El gusanillo subiendo y bajando por sushumna.
La ropa aún por preparar. Deseando soltarme en mitad del monte a correr, a
sentir el aire fresco de la sierra, el sol sobre la cabeza, la fuerza que
empuja cada zancada, el aliento que procura cada paso de una subida difícil, el
miedo a tropezar en una bajada rápida, el cansancio satisfecho, la siesta
profunda.
Isabel Coixet vive en las
páginas del dominical del ABC que me guarda mi padre —porque yo soy más de El
País— y me deja en mi mesa, en la oficina, cada lunes sin falta. Nunca se
olvida. Él es así, te hace manteca de hígado, te lleva en coche donde le pidas,
te guarda dominicales. Ahora, a veces, la que lo lleva a los sitios soy yo.
Cuchara de madera, limón, piña y un poco de lejía. Me gusta estar con él.
Mi problema es que a veces soy
muy críptica y lo que escribo solo lo entiende quien lo puede entender y para
el resto no es más que una pintura contemporánea: sírvete tú mismo. Mi problema
es que no guardo un registro de mis palabras en clave y con el tiempo ni yo
misma sabré qué significan. Mi problema es que no soy Shakira y no puedo
sublimar mis culebras cantando. No me queda otra que conjurarlas por escrito,
en este diario, o subiendo montañas y bajando colinas.
Mi problema es que no entiendo
los eufemismos, que llamo a las cosas por su nombre, porque usar otro no es más
que hacer más largo el camino al mismo destino. Mi problema es que puedo
tragarme un dragón cuando otros están comiendo lentejas una a una. Y yo me
canso de esperar y los demás se cansan de mis prisas por encontrarme con el
precipicio. Mi problema es que una vez estoy allí me invade el vértigo, me tiro
al suelo y solo soy capaz de mirar abajo arrastrándome hasta el borde. Mi
problema, quizá, sea que en realidad no soy tan fuerte como creo o que lo soy
aún más.
Una infancia en la sombra te
coloca en el mundo el resto de tu vida. El foco puede moverse, incluso mirarte
fijamente, pero tú sabes que es espectáculo, que tus contornos se siguen
difuminando, que eres la misma persona transparente al resto que se movía a sus
anchas, ignorada, en la penumbra. La luz ya no puede cambiarte y además sabes
que es caprichosa y embustera. Es una ventaja vivir sin necesidad de
perseguirla.
“Hay una crudeza que no hay fuego capaz de eliminar” 👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻
ResponderEliminar“Mi problema es que no entiendo los eufemismos, que llamo las cosas por su nombre” 👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻
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