30/01/2023
Tomates, hierbabuena, pimientos,
cebollas, pepinos 2, ajo, zanahorias, espárragos verdes, naranjas, mandarinas,
plátanos, aguacates, lechuga, huevos, limones, patatas, coliflor y dos latas de
Martinete triturado de kilo.
Los días van pasando y yo no sé. No sé lo que hago con mi tiempo, que se rompe entre mis manos como una fina capa de la escarcha que esta semana lo cubre todo. Duermo. Sueño que una asistenta social viene a mi casa para quitarme a mis hijas por estar mal atendidas. Sueño que mi hija mayor vuelve a tener diez años y me replica, rechoncha y sabionda. Sueño con la Reina Leticia, que me mira con complicidad, como si fuéramos amigas. No encuentro el momento para escribir y este ratito lo estoy, literalmente, robando. Aunque este delito mío podría englobarse en uno de esos que se cometen por necesidad, como quien roba para comer.
Espero que pase el maratón casi
con ansia, como si con él las horas del día fueran a multiplicarse, pero algo
en mi interior me dice que no va a ser así, que cualquier hueco que deje libre
se llenará enseguida de no se sabe qué y mi sensación será la misma. No hay
lugar para la nada desde hace un par de meses, cuando el cáncer entró en mi
vida a través del cuerpo de mi padre. Mi realidad es cambiante, como la de
todos, solo que la mía cambia un poco más rápido y quizá con más frecuencia. La
palabra, cáncer, se tragó sin masticar. La digestión… no sé si está hecha. Todo
está en el aire. Llorar no tiene sentido. ¿Yo? Mi cuerpo está sano, no sufre.
No tengo motivos. Me familiarizo con el trasiego a hospitales y a consultas,
con diagnósticos que parecen dados en sánscrito para que no nos enteremos, con no
querer la traducción, con decir «quimio de cinco horas», con tener un padre que
una semana tiene setenta años y otra noventa. Me acostumbro a los olores, a las
flojeras, a que esté fuerte y a que no. Esta carrera no la corro yo, es suya,
es larga y es dura. Que nadie diga nada, pues no hay nada que decir. Ocurre
constantemente en todas partes.
Corro en Cádiz una tirada larga,
de veinte kilómetros, al atardecer. Llego a Torregorda con el sol poniéndose. Hace
frío. No hay gente. El paisaje es salvaje. Hago fotos y me vuelvo escuchando un
audiolibro sobre crímenes que me han recomendado y me salva de aburrirme
durante las eternas horas que paso corriendo. Vuelvo por el paseo marítimo y bajo
hasta llegar al Faro, donde ya se me hace de noche. El mar, siempre a mi lado,
yendo y viniendo, me ayuda a llevar esta soledad profunda que siento ahora a
veces, que nadie ni nada puede llenar, que se ha convertido en una nueva
compañera sorda y muda a la que acepto sin más. Tiene que ser así.
Porfío por un cansancio que, en
realidad, no siento. O sí. ¿Puede cansarse un mechón de pelo que descansa
detrás de mi oreja? ¿Se cansan mis uñas de los dedos meñiques? ¿Está agotado mi
ombligo? ¿Se cansa la sonrisa? ¿Y las arrugas? Corro y me quejo porque lo hago.
Corro y me vuelvo a dar cuenta de lo que se parece a vivir, de lo que cuestan
los primeros y los últimos kilómetros, de como te lleva en volandas la
velocidad crucero hasta que la mente se revuelve y protesta, de cómo vuelves a
sacar fuerzas rebuscando entre tus virtudes el poquito de tesón que te queda
para acabar aquello que te habías propuesto simplemente porque sí. Porque tú,
de momento, puedes.
Me maravillo con la facilidad que
tenemos los seres humanos de adaptarnos al medio cuando no toca otra. Esto es
lo que hay, acéptalo y sigue viviendo y sigue riendo y sigue celebrando cumpleaños
importantes y no olvides que lo único que tienes es el ahora. Mañana, ya
veremos.
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