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DIARIO 23/11/2024

Galletas marbú dorada, pan, chorizo ahumado.

Diez de la mañana de un sábado tranquilo. Un deseo arrollador, arrastrado de forma inconsciente durante semanas, me impulsa a levantarme, ponerme cualquier cosa y bajar a la calle para comprar, en el súper de enfrente, galletas. Antes de salir, abro la despensa y compruebo que aún tengo dormitando al fondo un bote de Nescafé comprado en otro arranque de antojo Dios sabe cuándo. Me vale.

En un pispás estoy de vuelta en mi cocina, llenando de leche la primera taza que pillo —una de Pokemon—. Por un momento, me planteo usar leche de soja — la que últimamente tomo porque me sienta mejor—, pero descarto la idea porque no concilia con mis recuerdos, que es de lo que va todo esto, aunque yo aún no me haya dado cuenta. Introduzco la taza un minuto en el microondas, le echo dos cucharillas pequeñas del sucedáneo de café y remuevo satisfecha con el color resultante, porque es exactamente el que se corresponde con el sabor que quiero. Me siento a la mesa y abro el paquete transparente de galletas. No son las que quería, porque no había, pero la imitación de marca blanca con la que he tenido que conformarme se parece bastante, tiene el tono dorado que garantiza el crujiente sabor a mantequilla. Hasta el momento, todo son aciertos. Parto una galleta por la mitad, con los dedos la baño en la leche caliente, cuento hasta nueve y me la llevo a la boca. Así no era, demasiado blanda, demasiado mojada. Pruebo con la otra mitad contando menos y tampoco. Cojo entonces una entera, cuento hasta ocho, dos tercios se humedecen por completo, el tercio por donde la tengo sujeta se queda seco. ¡Ahora sí! Una tras otra, siguiendo el mismo procedimiento, voy comiéndome las galletas hasta quedar ahíta. En el paquete quedan solo tres, las descarto junto con el resto de la leche manchada, que nunca me bebo porque a mí, el café no me gusta.

El desayuno es para mí un lugar de remembranza, unido indefectiblemente a la niñez, puesto que de adulta es un espacio en blanco, un momento que no tengo, un trago que se me haría costoso porque me despierto sin hambre alguna. Consciente de que para muchas personas es la comida favorita del día, yo me la salto sin pudor alguno, pero con la pena de perderme algo que otros disfrutan. Quisiera paladear con gusto ese café que tan bien huele, pero sabe tan amargo o esas tostadas de jamón que a mí se me atragantarían en la garganta. Quisiera que me resultara un placer sentarme un ratito en un bar por las mañanas y no un suplicio ensordecedor. El desayuno es para mí tan prescindible como un viernes en una discoteca, una bulla de Semana Santa o un paseo por la calle del Infierno. Aparten de mí ese calvario y, sin embargo, envidio a quienes lo disfrutan, como otros pudieran envidiar a quien tiene un coche caro o un determinado reloj.

Ojalá recordara la primera vez que tomé este extraño desayuno. Quisiera saber en la taza de quién mojaría yo mi primera galleta —acto muy extraño en mí, ya que los alimentos reblandecidos me han dado siempre más bien asco y por eso no permito a mis galletas caer del todo en la leche—. ¿A quién pertenecería ese primer Nescafé? Por supuesto, no era mío, jamás habría bebido ese brebaje y aún hoy lo desecho si no va absorbido por una semi-crujiente Marbú dorada. En cada una de las galletas que hoy han pasado por mi garganta, iba un pedazo de mi niñez y otro de mi adolescencia. Si a algo sabe este desayuno mío, casi siempre disfrutado en soledad, es a pasado, sin más contenido que el de algo que fue y fue bueno, agradable y tranquilo. No hay en mí sentimiento de nostalgia, ni de tristeza, tan solo una silente sensación pacífica. Sin más.

Después del atracón, después de disfrutar sin medida, con cierto atiborramiento, esperaba —sin duda alguna— la llegada del dolor de tripa y el consecuente arrepentimiento. Entregada a la causa, aceptando las consecuencias de mi ausencia de control y exceso de gula, me decidí a distraer la espera escribiendo—como hubiera hecho Proust, como de hecho hizo de forma magistral con su té y su famosa magdalena—, relatando este placer para darle vida eterna, por si un día desaparece para siempre, como me ha ocurrido con otros muchos placeres del paladar, que el paso del tiempo ha ido apagando. Como sucedió, por ejemplo, con las medias noches de Ochoa, que de pequeña podía comer sin freno y ahora me parecen un bollo inmasticable relleno de algo que llaman jamón york, pero que no lo es. O, más recientemente, con la ensaladilla, tapa fija en mi repertorio, que me ha brindado muchísima felicidad y que ahora, pese a seguir pidiéndola en todos los bares que la ofertan, ha dejado de reportarme esa satisfacción tan absoluta y tan barata. Nada es permanente, todo pasa. Pasa hasta la memoria.

Esta mañana tranquila de sábado, que me recuerda a una mañana de Reyes, porque son las doce y media y aún no me he lavado la cara ni he hecho la cama, ni he recogido la ropa de ayer, porque el día transcurre luminoso detrás de la ventana mientras yo juego con mis letras nuevas como una niña pequeña, esta mañana me ha traído la sorpresa de la inspiración y el regalo de un texto que siento alegre como hacía tiempo que no lo sentía. No puedo hacer nada por mantener el flujo, el río de la vida corre trayendo y llevándose lo que le da la gana y no hay más que aceptar las perdidas y recoger lo que deje en la orilla. Si se lleva el Nescafé, que se lo lleve. Después de todo, debió caducar hace mucho, mucho tiempo.

 

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