Galletas marbú dorada, pan, chorizo ahumado.
Diez de la mañana de
un sábado tranquilo. Un deseo arrollador, arrastrado de forma inconsciente
durante semanas, me impulsa a levantarme, ponerme cualquier cosa y bajar a la
calle para comprar, en el súper de enfrente, galletas. Antes de salir, abro la
despensa y compruebo que aún tengo dormitando al fondo un bote de Nescafé
comprado en otro arranque de antojo Dios sabe cuándo. Me vale.
En un pispás estoy
de vuelta en mi cocina, llenando de leche la primera taza que pillo —una de
Pokemon—. Por un momento, me planteo usar leche de soja — la que últimamente
tomo porque me sienta mejor—, pero descarto la idea porque no concilia con mis
recuerdos, que es de lo que va todo esto, aunque yo aún no me haya dado cuenta.
Introduzco la taza un minuto en el microondas, le echo dos cucharillas pequeñas
del sucedáneo de café y remuevo satisfecha con el color resultante, porque es
exactamente el que se corresponde con el sabor que quiero. Me siento a la mesa
y abro el paquete transparente de galletas. No son las que quería, porque no
había, pero la imitación de marca blanca con la que he tenido que conformarme
se parece bastante, tiene el tono dorado que garantiza el crujiente sabor a
mantequilla. Hasta el momento, todo son aciertos. Parto una galleta por la
mitad, con los dedos la baño en la leche caliente, cuento hasta nueve y me la
llevo a la boca. Así no era, demasiado blanda, demasiado mojada. Pruebo con la
otra mitad contando menos y tampoco. Cojo entonces una entera, cuento hasta ocho,
dos tercios se humedecen por completo, el tercio por donde la tengo sujeta se queda
seco. ¡Ahora sí! Una tras otra, siguiendo el mismo procedimiento, voy
comiéndome las galletas hasta quedar ahíta. En el paquete quedan solo tres, las
descarto junto con el resto de la leche manchada, que nunca me bebo porque a
mí, el café no me gusta.
El desayuno es para
mí un lugar de remembranza, unido indefectiblemente a la niñez, puesto que de
adulta es un espacio en blanco, un momento que no tengo, un trago que se me
haría costoso porque me despierto sin hambre alguna. Consciente de que para
muchas personas es la comida favorita del día, yo me la salto sin pudor alguno,
pero con la pena de perderme algo que otros disfrutan. Quisiera paladear con
gusto ese café que tan bien huele, pero sabe tan amargo o esas tostadas de
jamón que a mí se me atragantarían en la garganta. Quisiera que me resultara un
placer sentarme un ratito en un bar por las mañanas y no un suplicio
ensordecedor. El desayuno es para mí tan prescindible como un viernes en una
discoteca, una bulla de Semana Santa o un paseo por la calle del Infierno.
Aparten de mí ese calvario y, sin embargo, envidio a quienes lo disfrutan, como
otros pudieran envidiar a quien tiene un coche caro o un determinado reloj.
Ojalá recordara la
primera vez que tomé este extraño desayuno. Quisiera saber en la taza de quién
mojaría yo mi primera galleta —acto muy extraño en mí, ya que los alimentos
reblandecidos me han dado siempre más bien asco y por eso no permito a mis
galletas caer del todo en la leche—. ¿A quién pertenecería ese primer Nescafé?
Por supuesto, no era mío, jamás habría bebido ese brebaje y aún hoy lo desecho si
no va absorbido por una semi-crujiente Marbú dorada. En cada una de las galletas
que hoy han pasado por mi garganta, iba un pedazo de mi niñez y otro de mi
adolescencia. Si a algo sabe este desayuno mío, casi siempre disfrutado en
soledad, es a pasado, sin más contenido que el de algo que fue y fue bueno,
agradable y tranquilo. No hay en mí sentimiento de nostalgia, ni de tristeza,
tan solo una silente sensación pacífica. Sin más.
Después del atracón,
después de disfrutar sin medida, con cierto atiborramiento, esperaba —sin duda
alguna— la llegada del dolor de tripa y el consecuente arrepentimiento.
Entregada a la causa, aceptando las consecuencias de mi ausencia de control y
exceso de gula, me decidí a distraer la espera escribiendo—como hubiera hecho
Proust, como de hecho hizo de forma magistral con su té y su famosa magdalena—,
relatando este placer para darle vida eterna, por si un día desaparece para
siempre, como me ha ocurrido con otros muchos placeres del paladar, que el paso
del tiempo ha ido apagando. Como sucedió, por ejemplo, con las medias noches de
Ochoa, que de pequeña podía comer sin freno y ahora me parecen un bollo
inmasticable relleno de algo que llaman jamón york, pero que no lo es. O, más
recientemente, con la ensaladilla, tapa fija en mi repertorio, que me ha
brindado muchísima felicidad y que ahora, pese a seguir pidiéndola en todos los
bares que la ofertan, ha dejado de reportarme esa satisfacción tan absoluta y
tan barata. Nada es permanente, todo pasa. Pasa hasta la memoria.
Esta mañana
tranquila de sábado, que me recuerda a una mañana de Reyes, porque son las doce
y media y aún no me he lavado la cara ni he hecho la cama, ni he recogido la
ropa de ayer, porque el día transcurre luminoso detrás de la ventana mientras
yo juego con mis letras nuevas como una niña pequeña, esta mañana me ha traído
la sorpresa de la inspiración y el regalo de un texto que siento alegre como
hacía tiempo que no lo sentía. No puedo hacer nada por mantener el flujo, el
río de la vida corre trayendo y llevándose lo que le da la gana y no hay más
que aceptar las perdidas y recoger lo que deje en la orilla. Si se lleva el
Nescafé, que se lo lleve. Después de todo, debió caducar hace mucho, mucho
tiempo.
❤️
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