29/11/2022
Tampoco tengo una lista de ideas de esas que suelo tener recopiladas en mi libreta. Mi mente anda libre de poesía, vacía de follaje, como el otoño. Se me han secado las palabras e inundan las riberas del río, por donde corro, en montones sobre los que trotarán las ratas. Y me da todo igual.
Ahora dibujo, de momento rostros, próximamente manos. Dibujo con un lápiz blando B2 —recomendación de Pilar, que para eso tengo una amiga artista— que empieza a gastarse, copiando lo que han hecho otros, sobre folios que yo misma he cuadriculado. Pinto línea a línea, sombra a sombra, punto por punto y me desenvuelvo en unos idiomas que hasta ahora me eran desconocidos, el de la luz, el de la desconceptualización. La realidad, una vez más, no es lo que mi mente ve, es lo que mi ojo ve y para nada es lo mismo. El ojo no pone nombres.
Detrás de mí, una sombra de miedo. Detrás de la sombra de miedo, una sombra de tristeza. Detrás de la sombra de tristeza, una sombra de aceptación. ¿Cómo se dibuja eso? Palabras hay un montón, pero no quiero decirlas, para que las sombras no se despierten. Pero la vida es así, no todo es seguridad, los pilares se tambalean, los tsunamis existen y nunca es un buen momento. La espera es un espacio infinito para el que no hay preparación posible. Ni series, ni tiradas largas, ni trabajo de core. Cada espera es distinta y tú llegas distinta a cada espera.
Cuando nos dolía la tripa en el colegio nos mandaban a las cocinas. Un gran espacio abierto, blanco, invadido por la luz. Sobre largas encimeras de metal, las cocineras se afanaban en remover guisos con espumaderas gigantes introducidas en enormes ollas de metal y alguna de ellas, con todo su cariño, nos sentaba en un rinconcito y nos plantaba delante un vaso de cristal en el que humeaba una infusión de manzanilla. Durante los trece años que pasé en mi colegio viví ese momento en varias ocasiones. El rumor era que aquello era peor que un veneno de rata, que sabía a rayos y te hacía vomitar. Yo no recuerdo más que la luz y la sensación de ser una intrusa en la vida paralela de la escuela, donde había gente que trabajaba ajena a la enseñanza.
Soy un árbol de tronco relativamente estrecho, que se levanta firme y bien alto y se extiende en ramas finas y largas, ahora desnudas. Soy un árbol sin palabras por el que trepan hormigas y se posan gorriones a tomar el sol. Estoy ahí, en cualquier parte, plantada y quieta, esperando el frío, el viento, la lluvia o el sol. No tengo cien años, pero tampoco veinte, soy mucho más resistente de lo que cualquiera pueda pensar. Mucho más. Aunque llore, aunque parezca que flaqueo, aunque flaquee, no me caigo. Y si me cayera, me levantaría. Una vez y otra. Una vez más y otra. ¿Por qué? No lo sé, me ha tocado ser así, está en mi ADN y en mis ojos. Mira, mira dentro y vas a ver la fuerza imparable. Da igual lo que te diga, da igual lo que me diga. Puedo, siempre puedo. Puedo tanto, que a veces me da miedo.
He perdido mi poesía y siento que no tengo nada que ofrecer al mundo. Soy un campo yermo, sin mariposas. ¿Puedo vivir sin escribir? Por supuesto que no. Leo tres libros a la vez y no acabo ninguno. Hasta Proust puede llegar a resultar pesado. Alterno uno u otro según el momento, todos me gustan, ninguno me apasiona.
La tibieza me aburre. Tibio es un mar lleno de gente, una mañana de trámites bancarios, un saludo cargado de cumplidos, una ropa insulsa, una falsa sonrisa, un estar queriendo irse. Tibio es todo aquello que se hace por obligación, sea esta del tipo que sea, provenga de donde provenga y es inevitable que exista, el problema es que nazca de dentro o se abrace como espacio seguro. Porque no lo es, es un falso llano, un acomodamiento ficticio, un sillón desfondado en el que uno puede hundirse y ver pasar la vida sin darse cuenta. Y al final, qué. Al final, nada, piel sin curtir que se sigue quemando al sol, cuerpos sin cicatrices que cuenten historias, vidas vacías llenas de momentos denominados «normales». Normal no existe, como no existe querer para siempre, como no existe siempre. No creo que me veáis en muchos funerales de los que se va a que te tachen de la lista. Tampoco avisaré de los míos para que nadie venga a que lo tache en la lista.
No sé de lo que hablo. Reconozco que hace cuatro horas me acabé la segunda copa de vino que pedí en el almuerzo y aunque ya no debe de quedar en mí más que el recuerdo, quién sabe, quizá me hayan dejado algo de poesía. No, no ha sido el vino, han sido ellas, mis amigas las que han despertado a las palabras, desempolvado mi mente de grafito y me han insuflado la necesidad de sentarme hoy a contar todo y nada, como siempre. Como que ya no crezco, que envejezco. O que subo las cuestas de las colinas de Camas corriendo. Que tengo miedo de los veinticuatro kilómetros y mil metros de desnivel positivos que me esperan el domingo. Que tengo otro miedo y una esperanza. Que ser capaz de correr tres horas sin hablar ni escuchar más que el sonido del monte es cualquier cosa menos tibieza. Que nada va a dejar de funcionar, aunque una parte de la máquina se pare.
No bebo café, no suelo beber té, pero muchas tardes me siento en la cocina con una infusión de manzanilla entre mis manos. Bebo y la siento correr caliente por mi cuerpo y asentarlo, encajarlo. Bebo y la siento correr por mi mente y calmarla. Doy un buche tras otro de silencio, de intimidad, de yo sin yo. No vuelvo a la luz que rodeaba mis primeras infusiones en un mundo que era demasiado grande para mí. Lo de fuera ya no importa. Importa el momento de paz, en absoluto tibio, mis gafas empañadas unos segundos al acercar la taza a mis labios, el sonido de la cerámica depositada en el plato.
Soy un árbol al que se le han caído todas las hojas, que
espera con toda la calma posible, apenas sin palabras, que llegue el tsunami o
pase, una vez más, de largo.
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