Sola en casa. En la lista de la compra, un colgador de esos de pegatina para colocar un reloj en la cocina (ahora, que procuro dejar el teléfono fuera de ella y no encender la tele, me gusta saber la hora).
«Contempla, sonríe y calla», dice Ramiro Calle en un documental sobre yoga que hay en Netflix. Lo he puesto en mi estado de whatsapp, sumándome a esa ingente cantidad de personas que utilizan ese espacio para dejarse a sí mismos un mensaje espiritual. No resistimos la oportunidad de definirnos.
Contemplo como pasa la vida a través de mis hijas, la vida de verdad, la que trae alegría y el dolor, ilusiones y decepciones y sufro menos de lo que me imaginaba que sufriría. Quizá porque mi papel en sus historias ya es secundario, también porque sé que vivir es eso y no hay otra forma de crecer que superar los obstáculos que vayan surgiendo, por último, porque confío en que son capaces por ellas mismas de tirar para adelante y encontrar una salida a cualquier escollo que se les presente.
«La luz más importante que has de poner es la que has de saber apagar. Apagar es más importante que encender», dice Edu Grau, director de fotografía, en una entrevista que leo uno de los dominicales que voy acumulando en un rincón de todas las habitaciones de la casa por las que paso, incluido el baño. Descubro lo interesante de leer lo que unas personas —quizá hombres— disponen para otras, las que sabrán que son sus lectoras —quizá mujeres. El departamento de marketing habrá dedicado una ingente cantidad de horas a averiguar qué temas interesan y los encargados de contenido se esmerarán en la buscarlo para seguir proporcionando placer a su clientela. Conmigo aciertan y me maravillo porque, en un mundo en el que puedes elegir la información a la que dedicar más de treinta segundos, la selección que realizan semana tras semanas y que incluye toda clase de temática, por la mayor parte de la cual nunca he sentido el más mínimo interés, me encanta. Naturaleza, ciencia, entrevistas a gente desconocida para el público general, que realiza labores sumamente interesantes y que encima hace filosofía y sabe hablar: «Apagar es más importante que encender». Como siempre, lo más importante es dejar ir, incluso a la luz.
Mientras, en un proceso de desconexión que sigue avanzando despacio y que ya siento que no soy yo quien lo impulsa, voy borrando aplicaciones del teléfono y me voy alejando de todo aquello que siento que me esclaviza.
Así, sé que corro porque me pongo las zapatillas y subo, con Dolores, a las colinas de Camas desde donde contemplo Sevilla bajo un nublado calimoso. Lo sé porque recuerdo haber visto por lo menos diez mariposas, todas pequeñas, todas negras con motas marrones. Lo sé porque mis cuádriceps sufren las subidas a cada loma, porque el paisaje, casi eterno hasta el horizonte, se fija en mi retina y en mi memoria, por el silencio que aún resuena en mi cabeza, por el olor seco y plácido del campo ensanchado y alargado, inconmensurable. Lo sé, aunque no haya ningún programa que haya guardado la distancia, el tiempo o el desnivel y avanzo a ciegas, sin castigarme por hacer menos kilómetros acumulados. ¿Qué más dan?
Así, apagado el teléfono a una hora temprana, me duermo en cuanto me entra sueño y pasan unas cuantas horas hasta que —cosas de la edad— me despierto. Sé que he descansado porque me lo dice el cuerpo y me lo dice el alma. Y si alguna noche me cuesta más dormir, el dato queda en el olvido y no anotado en una aplicación.
Cesan, por un tiempo, las visitas a los médicos y la vida vuelve a su plácida monotonía: yoga al despertarme o no, mañanas de oficina, acabar un almuerzo ya pensado y medio preparado el día antes, poner la mesa, comer en familia, siesta, gimnasio o correr o nada, supermercado, dejar planteada la comida del día siguiente, preparar la cena, cenar y ver alguna serie, leer un poco y dormir. Y así un día y otro sin necesidad de cambio alguno, sin voluntad de cambio alguno más allá de salpicar una vida amable con encuentros periódicos con los amigos y las amigas de siempre, una cena y un cine los viernes y cuando se pueda una escapada para bañarme en el mar.
El silencio va apoderándose cada vez de más espacio en mí. Lo primero que hice cuando comencé el apagón digital fue comprarme un pequeño transistor para escuchar la radio y música sin usar el móvil. Ahora ya la no necesito, no quiero, todo me parece ruido. Prefiero correr, cocinar, ducharme, doblar ropa, lo que sea que haga, en silencio. A veces atenta a lo que hago y otras, perdida en mi pensamiento. Siento que voy conquistando terreno para mí, que estoy más tranquila donde me encuentro en cada momento y cuando noto cierta inquietud o prisa, ganas de acabar lo que sea o de llegar a casa, me digo a mí misma que estoy justo donde tengo que estar, porque no puedo estar en otro sitio.
Estar en el presente, el campo y el silencio, sin duda, me proporcionan paz. No diré que haya un empeño demasiado intenso en conseguir todo esto, va saliendo, cada paso ayuda al siguiente, pero sí que hace tiempo que trabajo en esta dirección, al menos desde la vía de la intención. Tampoco doy un duro por mí, sé que en algún momento habrá vuelta atrás. Es más fácil hallar este estado cuando todo alrededor va bien, la gente que quiero está sana y feliz y no me enfrento a ningún problema duro. Pero eso cambiará y vendrán tiempos menos tranquilos, algunos dolorosos, de cambios y renuncias y entonces veremos si la mente pide ruido para apartarse de una realidad difícil y caigo más profundamente en el samsara, que dirían los budistas. Pero así es la vida, aislada de los demás, viviendo en una montaña o en un monasterio, ¿qué puede perturbarte? Rodeada de familia, de padres, pareja, hijas que pueden necesitar todo de mí y estando dispuesta a dárselo… ya es más complicado que nada afecte. Espero, al menos, que para cuando lleguen esas etapas haya aprehendido lo importante para llevarlas de la mejor manera posible: con paciencia, generosidad y amor a los demás por encima de a mí misma.
Miro las últimas fotos almacenadas en mi teléfono cada vez más vacío. Encuentro el selfie con Dolores después de correr juntas el miércoles. Se nos olvidó —bendito olvido— sacar la foto cuando estábamos arriba, con el mundo a nuestros pies, y nos la hicimos junto a los coches, a punto de irnos, para mandárselas a las compis que no pudieron acompañarnos y a las que echábamos de menos. Una foto a un par de cremas: enangel y capsicin, que me alivian la lumbalgia que a veces me visita. Tres capturas de pantalla de un mismo tatuaje, que no me voy a hacer, en distintas partes del cuerpo: la silueta de un pie alado, un pie corredor, el mío. Borro las fotos de las cremas y los tatuajes. Dejo la de Dolores. Cada momento no registrado vale doble porque ha sido disfrutado en plenitud.
Levanto la vista, la paseo por un salón desordenado, cansado del día. La barra de la cortina, que se niega a permanecer fija en el techo, descansa sobre el respaldo del sofá desde hace semanas. No tengo prisa por volver a colocarla. Algún día, en algún momento.

Comentarios
Publicar un comentario