No ha pasado tiempo suficiente como para tener otra lista de la compra, aunque mi programa mental de existencias y previsiones me dice que anote un par de latas de tomate triturado martinete y un kilo de cebollas dulces, con los que hacer un tomate frito para una lasaña, y unos guisantes congelados para unas patatas guisadas.
Que estoy mejor lo sé porque se me ha ido de repente el frío. Ayer cambié la colcha fina por una más gruesa y bajé la manta polar grande del altillo. Como esta noche me meta en la cama debajo de todo eso, no voy a durar dentro ni diez minutos. Me he pasado cuarenta y ocho horas encerrada en una bata de invierno y ahora ando en camiseta muerta de calor.
Estos días en los que el deporte ni se contempla, me dedico a cocinar, pintar, leer y escribir y soy algo parecido a lo que fui hasta los treinta y cinco años, edad a la que me dio por empezar a correr. No me parece mala vida, no es la de ahora, pero no es mala.
Escribo sentada ante una mesa de estudio que no es mía, bajo la luz de un flexo, de espaldas a la ventana, cosa que no es de mi agrado, escuchando el tráfico rugir por la avenida, sintiendo la noche caer a mi espalda. Escribo con el cuerpo fresco, ya por fin, y la mente viva, los dedos sueltos y el estómago pesado. Esta mañana hice un potaje.
Garbanzos en remojo toda la noche. Se les quita esa agua y se enjuagan. Se echa en la olla un tomate, un pimiento, una cebolla, una cabeza de ajo, una zanahoria a trozos, un cuarto de calabaza, dos buenas cucharadas de pimentón, tres puñados de sal gorda (echados en redondo: uno, dos y tres). Se cierra la olla rápida, se deja treinta minutos desde que empieza a sonar.
Escribo con el ombligo en la garganta y la garganta hecha un nudo. Escribo con la barriga llena de cabritillos, mientras marco en el teléfono el número de mamá cabra para que venga a rajármela y sacármelos uno a uno y, si quiere, a meterme piedras en su lugar, porque esto no puede ser peor. Pareciera que el potaje, en lugar de garbanzos, llevara polvorones.
Hoy he vuelto a vivir una aventura en Amazon cuando me disponía a comprar un libro sobre Mario Levrero. Para quien no lo conozca, para quien no me conozca, para quien se haya olvidado, Mario es el escritor que ha dado lugar a este diario. Él está en el top de todos los diaristas que conozco, que tampoco son muchos, ni falta que hace.
¿Qué hace que un diario sea mejor que otro? Nada. Aquí no hay reglas, no hay comparación posible y no hay garantías. Por otro lado, la mayoría de los lectores acude a ellos de forma puntual, no para leer un diario cualquiera, sino para leer el de una persona determinada: un músico, un político, un superviviente de una catástrofe, un testigo de un acontecimiento relevante. Creo que solo los escritores, algunos, leemos diarios como quien lee novela negra, por el placer del género.
Y aquí estoy, con dos ovarios, aportando mi granito de arena en medio de todo esto, haciendo mi pequeña absurda revolución, contando a medias —que nadie se lleve a engaño, hay mucho más detrás del telón— mi vida, que no tiene nada de especial más allá de que la cuento yo y nadie, absolutamente nadie, puede contar las cosas como las cuento yo y lo hago, además, con un espíritu profundamente literario, con una estructura más o menos fija y una intención. Todo gracias a Mario Levrero.
A veces, utilizo como foto de perfil en mi whatsapp una instantánea que me tomó mi marido en una excursión al Cabo de San Vicente. Podríamos decir que es un posado robado o, más bien, un robado después de un posado. En ella aparezco de espaldas al acantilado, en mitad de una larga zancada, con el cuerpo inclinado hacia delante, los brazos abiertos para equilibrarme y el pelo revuelto por el viento que siempre azota allí. En esa imagen hay unan historia. La mía. La de una mujer que huye del abismo con decisión, pierde el equilibrio por el camino, está a punto de caerse y sonríe. También podría ser un resumen de El señor de los anillos.
Dice Alberto Olmos en el Confidencial: «¿Por qué es bueno Levrero? Porque achica la materia narrativa hasta reducirla al átomo mismo de su ser en el mundo, que es el ser en el mundo de todos nosotros: la vida que vemos mirando por la ventana una tarde de domingo, esa nada en trascendencia, ese sueño de algo más entre las cucharas y los vasos sin lavar, la epopeya de lo cotidiano.» ¿Se entiende ahora?
Lo echaba de menos, quería escucharlo, seguir aprendiendo de él. En Amazon, versión Kindle —no está en papel, hay que recordar que nadie lee estas cosas y que los escritores somos nadie— encontré «Conversaciones con Mario Levrero», de Pablo Silva Olazábal. Por curiosidad, miré las reseñas de los lectores. No había más que una y ya me pareció mucho. ¿Quién había osado a interesarse por esta obra? Pues un tal Moisés, que en septiembre de 2020 dijo haber leído el libro en «trance, en el sentido levreriano del término». Una vez más me vi obligada a revisar el histórico de compras de un usuario de Amazon. Moisés ha reseñado: una biografía de Beethoven, un libro sobre Bowie, la autobiografía de Elton John —se ve que es un melómano— y un libro sobre experiencias cercanas a la muerte. Aunque yo también he leído una biografía de Beethoven, su pequeño racimo de compras, a excepción del Levrero, me parece decepcionante.
Además de mi aventura en la «Amazonia» me ha sucedido otra cosa especial. He recibido un comentario en el blog donde voy colgando —de gratis, no sé hacer las cosas de otro modo—, mi diario, para que lo lean los pocos lectores y lectoras que me siguen, que no llegando a la veintena tienen la importancia del millón, puesto que son la única razón de que siga haciendo esto. Gracias, os debo todo —cuando os hablo así, directamente, como estoy haciendo hoy, me da la sensación de que rompo la magia, de que se espera de mí que escriba como si no supiera que se me va a leer o como si creyese, sería falsa modestia, que nadie nunca me leerá. Lo siento, fingir se me da fatal—. El caso es que recibir un comentario público en el blog por parte de un extraño es algo que no me sucedía desde hacía una década, cuando escribí la novela Los crímenes de Vilafont y me dedicaba a publicitarla en Twitter hasta que la náusea me llevó a ahogarme en mi propio vómito. Estoy contenta.
He recuperado la colcha fina y mientras hacía la cama vi en el suelo una pelusa de las gordas. Podía haberme agachado, recogerla y tirarla a la basura, pero la he deslizado con el pie detrás de la pata, donde no se ve. Todas las vidas tienen sus pelusas escondidas. Todas las casas tienen sus vidas más o menos sucias o más o menos limpias. Dice Mario que un escritor no tiene que inventarse nada, que todo ha de salir de sus vivencias, si quiere que sus creaciones tengan autenticidad. Dice —entiendo yo que dice— que cuando se crea de la nada una historia perfecta, vacía de esas experiencias, por muy bien que quede el resultado no se volverá a él en una segunda lectura porque le faltará fondo. A este diario mío hay que volver, aunque sea para comprobar si un día me caigo por el precipicio y, sobre todo, para saber qué pasa con la pelusa.
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