Mangos, plátanos, pimientos,
tomates, lechuga, huevos, col morada, calabaza, zanahorias aliñadas, queso
fresco, gazpacho, yogurt griego, jamón de york y jamón serrano.
De dentro a fuera. Los sonetos andan
cojos. Unos pájaros, una librería y un piano.
Es como un calor de dentro a
fuera, un sudor que no se ve, un espirar aire caliente, como un dragón después
de soltar una llamarada. Es la frente pesada y presión en los oídos. Es un
dolor de espalda, más acusado en los riñones. Los pies fríos. Cansancio. Sueño.
Es destemplanza, con su quiero y no puedo, con su arranque de energía
rápidamente frustrado, las cosas a medio hacer, el impulso desinflado y el
tiempo lento.
Me pierdo un entrenamiento por
Aznalcollar y una comida con Áurea y Pili que llevo meses esperando. Paso el
domingo viendo capítulo tras capítulo de una serie tonta en el teléfono y el
lunes hilando películas familiares de Santiago Segura. Ni la mente tengo libre
de telarañas. La garganta cerrada, picajosa, me ahoga y no me deja dormir la
siesta. Han aparecido los mocos. Me habita un virus.
Mi corazón no puede con la
carga
de su amorosa y lóbrega
tormenta
y hasta mi lengua eleva la
sangrienta
especie clamorosa que lo embarga
He escrito sonetos y se me han
quedado cojos. He leído muchos sonetos cojos. Tantos, que concluyo, en mi
ignorancia, que es una composición imperfecta. En ella, los cuartetos siempre
cuadran, riman perfectos en cualquier combinación. El problema está en los
tercetos del final. Fallan, no sé por qué, ni quiero averiguarlo, porque si
tuviera que escribir un poema ahora mismo, escribiría un soneto.
Entrado noviembre, pasamos a
horario de invierno y las noches comienzan a la hora casi de la merienda. No
puedo decir que me disguste, más bien al contrario. La oscuridad me abriga, me
empuja a recogerme en casa y a escribir o pintar o cocinar y aparece un tiempo
nuevo que la luz de alguna forma me quitaba. Dicen que los cambios de hora van
a desaparecer. Yo no quiero. Me gustan los contrastes, pasar de los días largos
a los días cortos, del calor al frío, de los abrigos a las camisetas de
tirantes.
La gripe o lo que sea me pilla
con la regla y mi clásica bajada de defensas. Si no es un herpes o un orzuelo,
vendrá un virus. Esta vez, además, con el periodo vino una de esas ideas locas,
impulso premeditado quizá, y me teñí el pelo, tres tonos más oscuro de lo que
lo tenía, con un tinte comprado en el supermercado. Estaba harta del rubio
pollo y ahora tengo un castaño más o menos claro con mechas amarillas verdosas.
No está mal.
Ya es corazón mi lengua lenta y
larga
Mi corazón ya es lengua larga y
lenta
¿Quieres contar sus penas? Anda
y cuenta
Los dulces granos de la arena
amarga
Cada casa tiene su pata floja,
su defecto recurrente, su problema. Cuando vivía en Castilleja era el
calentador del agua, que colocamos fuera, para que no ocupara espacio en la
cocina, y que el viento apagaba constantemente. Le hicimos una casetilla y la
cosa mejoró, pero la pata seguía flojeando y de vez en cuando terminaba las
duchas con agua fría. Mi casa actual tiene una viga rodeando todo el perímetro
por encima del techo y eso hace muy complicado colocar cortinas o estores. Para
abrir agujeros hace falta un trompo especial y luego los espiches se caen
constantemente, por lo que siempre tengo una u otra cortina tirada en el suelo
y mi vida expuesta al vecindario. Después de dieciocho años viviendo aquí, me
he acostumbrado a ese pequeño inconveniente. Poca cosa a cambio de la felicidad
que me da mi casa.
A veces, al llegar de la calle,
me quedo en la puerta del salón mirándolo y me parece que está vivo. Parte de
esa vida la dan los pájaros, lógicamente. Pero hay más. El suelo cálido de
madera de roble, la librería, ligera y muy larga en ele, que se llevó el
espacio del clásico comedor que no necesitamos, los sofás al fondo, bajo la luz
del ventanal, anchos y largos como camas, el piano junto a un pequeño altar con
un Buda hecho por mi padre. Todo adosado a la pared, para que el espacio sea
para las personas y no para los muebles, para no tropezarse con las sillas o
los picos de la mesa, para hacer yoga, meditar o ver la luz del sol arrastrarse
por el parqué hasta la puerta, para tumbarse y poder abrir y cerrar las piernas
como se hace en la nieve, pero sin nieve.
Mi corazón no puede más de
triste:
con el flotante espectro de un
ahogado
vuela en la sangre y se hunde sin
apoyo
Todo es luz, todo es blanco y
beige con pinceladas de color: paños bordados traídos de Estambul, manteletas
árabes encimas de los sofás, mantas de crochet hechas por mí — la manta Luisa,
por mi abuela, y la manta Yolanda, por mi tía—, cojines de distintos colores y
estampados —destacan el amarillo, rosa, rojos pálidos, azules claros— que, no
sé muy bien cómo, armonizan y se acompañan con suavidad. Nada es estridente,
solo cálidamente alegre y amable. Hay Ikea, pero no es Ikea, hay alguna una
lámpara, heredada de mi tía, que parece de los años veinte, pero será de los
cincuenta, hay recuerdos de viajes, dibujos de mi padre y un retrato mío
pintado por mi marido. Nada es clásico, ni tampoco moderno. No ha sido
especialmente «decorado» y, sin embargo, puede, quizá, parecerlo. No se ve
ninguno igual en ninguna revista. Es distinto, es mío y me identifico hasta con
la lámpara de pie, sin pantalla, que tenemos en un rincón. Qué me importa a mí
que, de vez en cuanto, se caiga una cortina.
No puedo escribir poesía porque
estoy, en esencia, contenta. Entiendo que un poeta o una poetisa tendrán que
escribirlos con independencia de su estado de ánimo, pero como yo no lo soy,
solo los escribo y los leo para curarme. Es decir, acudo a la poesía cuando
tengo el alma rota y he de coserla con algo. Mi alma rota no se arregla con
novelas ni con ensayos, ni siquiera con relatos, tampoco con música, ni
haciendo deporte, ni viendo a amigos o familia. Cuando me rompo del todo por
dentro tengo que coserme con unas cuantas lágrimas y unos pocos poemas. En esos
momentos, busco y leo a unos y a otras con obsesión, hasta que encuentro las
palabras justas, escritas en el orden justo, con su justa cadencia y su justo
significado y si no encuentro nada, cojo papel y pluma y lo escribo yo con mi
propia sangre. Después, respiro por la herida y dejo que se cierre.
Y, ayer, dentro del tuyo, me
escribiste
que de nostalgia tienes
inclinado
medio cuerpo hacia mí, medio
hacia el hoyo
Miguel
Hernandez
Los sonetos no son perfectos,
les fallan los tercetos. Al leerlos se queda la lengua como con ganas de
seguir, el oído esperando un golpe más. Les flojea una pata, como a las casas.
Se les caen las cortinas, como a la mía. Pero si tuviera que escribir una
poesía, escribiría un soneto y si tuviera que curarme el alma, leería uno de
Miguel Hernandez.
Falta música en ese hogar; en ese devenir cotidiano.
ResponderEliminarA lo mejor se te ha escapado que hay un piano en el salón. Pero es igual, porque lo cierto es que suena todos los días, pero no soy yo quien lo toca. Aunque la música no es … «the point», hacía tanto tiempo que no recibía un comentario que éste lo recibo con vítores. Mil gracias por tus palabras. (No consigo firmar en mi propio blog, pero soy la autora).
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