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DIARIO 08/10/22

 




08/10/2022 

Falta gel y plátanos. Los rollos de papel de cocina darán para una semana. El papel higiénico para algo más. No tengo ganas de pensar en qué falta en la nevera. Me duele la cabeza.

 

Escribo por segundo día consecutivo. Porque es sábado y no tengo nada mejor que hacer. Porque necesito moverme y la alternativa es empezar ya a limpiar los cristales del salón y a repartir por la biblioteca los cuadros que emboscan mi mesilla. Escribo porque estoy nerviosa. Estoy nerviosa porque no sé cómo voy a correr mañana 54 kilómetros. Y porque me estoy viendo una serie que me pone sensiblona y porque tengo la regla.

 

Las últimas de la fila, Netflix. Resumen: viaje de amigas de la EGB, cuarentonas, a Tarifa. Por poner en situación: el año pasado mis amigas del cole y yo nos fuimos a pasar unos días justo allí. ¡Qué suerte tengo, qué afortunada me siento! No me esperaba continuar con ellas toda la vida (ya sé que va a ser toda la vida). Fue una salida de guion, no estaba previsto. Tocaba separar nuestros caminos y hasta empezamos a hacerlo, pero no. Gracias a Dios, no.

 

No soy una maniática de la limpieza. Una vez escuché que hay que elegir entre vivir y tener la casa limpia. Yo elijo vivir y eso supone aceptar sin mayores problemas que no puedo comer en el suelo de mi casa ni lamer los cristales de las ventanas. Por otro lado, no es algo que fuera a hacer en ningún caso. También supone encontrarse alguna sorpresa debajo de los cojines del sofá el día que a alguien se le ocurre levantarlos o detrás de los muebles, el día que por fuerza mayor hay que arrastrarlos. Jamás cuelgo ropa encima de una puerta ¿quién limpia ahí?

 

Me basta una casa recogida.

 

Mi hermana empieza a caer en la cuenta de que se acerca a los cincuenta. Tiene cuarenta y siete. Dice: «¿cómo es posible, si soy una niñata?».  Hacerse mayor es una sorpresa difícil de digerir. Me entero de que Risto Mejide y Laura Escanes lo han dejado y me pongo contenta. Él debe de ser casi un cincuentón y ella aún no ha llegado a los treinta. ¿Qué puede enamorarte de una persona que por edad puede ser tu hijo? Todos estamos en la misma montaña, pero los jóvenes van subiendo y nosotros, los de mi edad, vamos bajando. No querría por nada del mundo volver atrás. Me gusta estar dónde estoy, que me dé igual una ropa que otra, que la comida haya dejado de ser tan relevante, que por fin haya conseguido esperar el momento adecuado para decir las cosas (en la mayoría de las ocasiones). Más o menos, una ya sabe qué es lo importante: que el trabajo no dignifica, sino que más bien es una esclavitud; que las cosas materiales no tienen ningún valor (y que muchas de las que creemos espirituales son materiales); que el tiempo es el olvido salvo que pongas mucho, mucho, empeño en estancarte; que nada es para siempre (salvo las amigas de la infancia).

 

En el salón tenemos una ventana muy muy grande. La luz de la mañana entrando a través de ella el primer día que vi este piso me enamoró. Durante años, con ayuda de otra persona, bajaba esos cristales para limpiarlos. Después dejé de hacerlo y me las arreglo con un palo de esos que usan los limpiacoches sacando medio cuerpo al aire. Mi hija me ha mandado un enlace para comprar en Aliexpress un limpiador que va con imanes. Pero me da pereza. Mis vistas: un buen pedazo de cielo y un edificio horrible, pero que está lo suficientemente lejos como para no estorbar demasiado. Si hago la cuenta me salen dieciocho años limpiando esta ventana y todavía me renta.

 

Ingredientes para una conversación que valga la pena: un buen tema (futbol, no; política, no; vida de otras personas, no; cosas tristes, no; tus problemas en bucle, no), distintos puntos de vista, contertulios o contertulias más interesados en escuchar las opiniones ajenas que la suya propia. Personalmente, me inclino por las conversaciones en las que se hace filosofía. Ejemplos: cómo percibe cada uno el transcurso del tiempo, ¿crees, como yo, que el paso del tiempo es el olvido salvo empeño expreso o crees que hay que hacer un esfuerzo por olvidar?, ¿confías en tus recuerdos?, ¿cuántas veces miras atrás?, ¿echas de menos algo del pasado?, ¿qué te ha enseñado la edad al respecto?, ¿cuántas veces en tu vida has pasado ya por las mismas experiencias? ¿crees que has cambiado o que sigues siendo la misma persona de siempre?, ¿crees que cambiar es algo bueno o piensas que hay que mantener los valores de la juventud?

 

Razona tu respuesta.

 

No voy a hablar de la carrera de mañana porque si lo hago empieza a contraérseme la mandíbula y la tensión me llega hasta los oídos. Los nervios han empezado un día antes solo, no está nada mal. Es justo y necesario, es parte del proceso de preparación. No se puede caer en la salida desnortada. Va a ser duro, hay que avisar al cuerpo y a la mente de lo que viene para que se vayan preparando. Tengo que buscar mi gorra fetiche, que está extraviada. Va a hacer mucho calor, eso será lo peor. No soy supersticiosa, pero todos los maratones los he corrido con esa gorra. Hay ciertas manías… no estrenar nunca la camiseta de una carrera antes de haberla terminado, no ponerme camisetas de carreras que no he corrido (esta me la he saltado y, cuando lo hago, corro con la sensación de ser una estafa. A mi favor diré que las que me he puesto eran de carreras de distancia inferior a un medio maratón, por encima no se me ocurre).

 

No confío en mis recuerdos. Sé que son parciales, que han pasado por mucho maquilleje mental a lo largo del tiempo. Procuro no mirar atrás, tengo comprobado que hacerlo me produce sensaciones físicas desagradables durante horas. Conozco los puntos «gatillo», esas palabras, frases, sueños que son capaces de transportarme a un instante concreto de mi vida. A veces, consigo esquivarlos, pero la mayoría de las veces mis viajes al pasado no llegan por voluntad expresa sino porque uno de esos puntos ha sido presionado.  Caigo al vacío, pero regreso cada vez más rápido, cada vez más consciente de lo que me perjudica. En las vidas de los jóvenes de veinte años todavía se están empezando a producir esas experiencias de las que saldrán los puntos gatillo que tendrán que burlar cuando tengan cincuenta años. ¡Están tan, tan lejos!

 

Limpié los cristales, tratédedormirlasiestasinconseguirlo, pasélatardeaburrida, pasélanocheintentandodormirsinconseguirlo. Se hizo de día y misa al alba: carrera por la ruta del agua, de Guillena a Castilblanco y vuelta subiendo y bajando. Pasaron siete horas, cuarenta y tres minutos, cuarenta y seis segundos. Y llegué. Por medio: agujero negro de felicidad. Por medio: campo.

 

Leo una entrevista a Carlos de Hita, sonidista de la naturaleza, en la que cuenta que en la última década se ha perdido tres cuartas parte de los sonidos del campo. Este señor ha dedicado su vida a registrar sonido a sonido el movimiento de la fauna y la flora, apuntando uno a uno, separando e identificando cada ruido y dice que solo nos queda un cuarto del queso. ¿Qué insecto se ha callado?, ¿qué pájaro se ha ido?, ¿qué roedor ha dejado de merodear por aquí y por allá?, ¿qué mamífero, aparte del hombre, va a quedar sobre la tierra? Corro cincuentaycuatrokilómetros entre monte y campo y apenas escucho un pájaro cada tanto y mi propia respiración. Yo sueno más que todo lo que me rodea. No hay coches, por no haber, no hay ni placas solares de las que ahora infestan todos los terrenos. No hay más que árboles, tierra, sol, piedras y un piar fantasmal, puntual y lejano.

 

Me conformo con un campo que suene a campo.

 

Los últimos doce kilómetros los andamos, que parece poco, pero antes hay que haber corrido cuarenta y dos y ya son las dos de la tarde, hace calor. No tengo registrada la carrera en ninguna aplicación y no me pesa. No hay que demostrar nada a nadie. Al llegar me dieron un trofeo conmemorativo con la cara un tipo con un casco de guerra, un «turdetano» con el que no me identifico en absoluto. ¿Hay que suponer que para correr esto hay que ser un rudo y fornido guerrero malencarado? Pues esta elfa práctica también la corre y otro montón de mujeres. Cada vez más. Tendrán que darle una vuelta al tema y, quizá, colocarle un delantal al turdetano o regalar una fregona al llegar. Ya sabéis, esas cosas de mujeres.

 

Disfruté y me negué a sufrir, a ir a un ritmo con el que no me encontrara cómoda, a correr cuando ya no podía más. Me acordé de mis antiguas tiradas largas de treinta y dos kilómetros previas al maratón, en las que me paraba porque me cansaba, porque llegaba a un sitio interesante que fotografiar, porque veía cigüeñas, porque me daba la gana, porque corría para pararme en otros lugares. No había objetivo más allá de sumar, de una forma o de otra, esos kilómetros. Miles en cada pierna llevo y son míos, todos y cada uno de ellos son míos. A veces, avanzar es retroceder. A veces, estabas en el sitio correcto y algo te hace perder el norte. ¿Por qué de repente decidí que tenía que correr más rápido con lo bien que yo me lo pasaba corriendo a mi ritmo?  «La prisa mata» y no es del Letaní.

 

Quedan pendientes cuatro ventanas. Las de los cuartos de las niñas las limpiarán ellas. Las otras dos las limpiaré yo cuando me dé un aire, un ataque de algo, cuando tenga ganas de matar a alguien y se me ponga cara de turdetano.

 

 

 

 

 

 

 

 


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