Calabaza, nabos, zanahorias, cebolla, aguacates, algodón desmaquillante.
Fantasía. Ketan y otras artes
marciales. El insomnio y las amapolas. El Letaní.
Hay distintas formas de afrontar
el insomnio. Juan José Millas recorre los rincones de su casa a oscuras como si
viajara al extranjero, como si violara la intimidad de una casa ajena, como si
temiera despertar a las paredes y a los cuadros. Lo suyo, en la noche, le es
extraño. Eso cuenta en un artículo que escribe en el País. Si usted no conoce
el insomnio…
Javier Cercas también escribe
sobre el suyo, que le llegó a los cuarenta, y vino a señalarle con el dedo. Si
un padre te dice que duerme a pierna suelta porque tiene la conciencia
tranquila. ¿Qué habrás hecho tú para que el insomnio se instale en tu vida?
A mí, mi casa no me parece de
otro cuando me paseo por ella por las noches. No me da miedo estar despierta ni
tampoco me entra angustia, ni se me hacen eternas las horas. Sí, cuando veo que
la suma total de horas de sueño no va a llegar a cuatro y llevo así tres días,
me entra ansiedad. Sí, voy al baño cada media hora que paso despierta, no sea
que cuando me entre sueño no pueda dormirme porque me esté haciendo pis. Sí, en
cierto modo, me pongo nerviosa porque sé que al día siguiente no me va a
funcionar el cuerpo y tampoco la mente, porque sé que quizá esté un poco triste
y quizá un poco … como fuera de este mundo. Pero eso será al día siguiente, en
el tiempo de los despiertos y además yo siempre ando un poco como fuera de este
mundo.
Si fuera un animal sería una
gata, pero como soy una flor soy una amapola. Una no, todas. O una detrás de
otra. Aparentemente débil, en realidad irreductible. A veces, inhiesta; otras,
un poco alicaída, como corresponde a una poetisa, pero siempre del mismo rojo
intenso en mitad del trigo, aguantando el sol y el viento. Si me lo trabajo
mucho, un día llegaré a jaramago: más fuerte, más resistente, más colonizador,
menos expuesto.
Sueño con que voy a una cita
médica y para llegar a la consulta tengo que desmontar una rejilla que hay en
la pared, introducirme en un agujero y saltar desde ahí a un sótano donde se
supone que me está esperando la doctora. Es increíble cómo nuestro
subconsciente es capaz de convertir en una metáfora tan pura tu propia
realidad: la dificultad, la tortura que está suponiendo para mí la ingente
cantidad de citas médicas a las que estoy acudiendo estas semanas. Para mis
hijas y para mí. Nada importante, pero largo y pesado.
He acabado de leer El temor de un hombre sabio, segunda parte
de la trilogía de fantasía de Patrick Rothfuss. Más de mil páginas que me han
tenido distraída todo el verano. Me gusta vivir entre seres Fatas, Enanos,
Orcos o Dragones. Me gusta traspasar los confines de lo real de la mano de un
escritor o una escritora. De una forma o de otra, la cuestión, la mía, es estar
en este mundo sin estar del todo. Creo que ahí está todo lo que de interesante
puede haber en mí: en mi volatilidad amapólica, en cierto aire etéreo que me
encuentro. Pero lo que me dicen es que mis principales valores son la sensatez
y que soy práctica. Supongo que no son malas características y, sin embargo,
cuando las escucho referidas a mí persona se me caen las orejas de Elfa.
Hay dos tipos de insomnio (falso,
hay uno por cada persona y cada noche, pero bueno): el de conciliación y el de
mantenimiento. Es decir: están los que no consiguen dormirse en horas y los
que, durmiéndose enseguida, se despiertan a mitad de la noche y ya no se
duermen más. He pasado de uno al otro y, si tengo que elegir, prefiero el
segundo, porque ya voy con la seguridad de haber echado algo en el saco del
descanso.
Sueño que voy a clases de yoga a
una casa particular. Ya es raro, porque no me gustan las clases de yoga, yo
practico para mí y en solitario. Pero voy en mi sueño y al salir me pierdo en
las zonas comunes del edificio. Recorro pasillos, subo escaleras, bajo en
ascensores que no acaban de llevarme a la salida.
Supongo que tengo que contar en
algún momento que estoy empezando a estudiar Taichí Chuan. Empezando. No llevo
más de unas semanas invertidas en descubrir dónde está el principio. Acercándome
al Kigong, que aquí llamamos Chikung. Aprendiendo términos como Tan tien (en
yoga: punto del ombligo), Chi (en yoga: prana) o forma (secuencia de
movimientos). Practicando la virtud de la paciencia y la humildad, porque esto
va a ser cuestión de años, como está siendo el yoga.
He recuperado de mi biblioteca Los aforismos de Schopenhauer. Comienza
así: «La felicidad no es un asunto
cómodo: es difícil encontrarla en nosotros, e imposible encontrarla fuera de
nosotros», cita de Chamfort. Leí este libro hará una década entre risas y
palmas. No podía estar más de acuerdo con nadie que con Schopenhauer, que pasó
a ser uno de mis hombres favoritos y de los pocos a quien, en consideración a
su época, puedo perdonar el terrible machismo que profesaba. Aún no conocía el
yoga, ni el budismo y me movía entre el estoicismo y mi natural realismo
pesimista, vivido desde la más absoluta tranquilidad y el mayor humor posible y
basado en un incontestable: nos vamos a morir todos, que nadie espere un final
feliz. Cualquier filosofía occidental vista desde el conocimiento, aunque sea
somero, de las filosofías orientales, se cae como un castillo de naipes tras un
simple soplo. Estos aforismos tienen una interesante revisión pendiente.
Leí entusiasmada mi libro de
fantasía en el que se me hablaba del noble arte del Ketán, practicado por un
pueblo de mercenarios vestidos de rojo que realizaban a diario una especie de
baile que parecía ser parte de su entrenamiento y en el que se practicaban
figuras basadas en la naturaleza: el vuelo de la garza, la hoja de otoño que
cae... ¡Qué imaginación, querido Patrick! ¡Has descubierto el Taichí Chuan!
Esas gentes también tenían la particularidad de guiarse por un código ético
llamado el Letaní, que no está escrito en ninguna parte y solo se comprende a
través de las enseñanzas de un maestro. Mucho más interesante esta idea, ahora
estoy creando mi propio Letaní y surge y se desvanece tras cada situación,
acción, sentimiento, emoción, silencio.
Dice mi marido que no me gusta la
ciencia ficción porque he abandonado la lectura de Fundación, de Asimov, y la trilogía de Cixin Liu. Puede ser. Quizá.
No sé. No me importa. Que conste que de la trilogía el primer libro me gustó y
el segundo lo abandoné después de haber leído la mitad a la espera de que
ocurriera algo interesante. Sobre mi mesilla de noche descansa una pila de unos
diez libros que en algún momento he tenido la intención de leer, pero no hay
ninguno que ahora me llene, más allá del de los Clásicos del Taichí, que me está enseñando a canalizar el Chi a
través de la columna vertebral y dirigirlo a las manos, a los pies, a la coronilla
y de ahí al Universo.
Mil doscientas diez palabras
llevo escritas hoy sin mencionar que en tres días voy a correr una carrera de
cincuenta y cuatro kilómetros, que son doce más que un maratón, lo máximo que
he corrido. ¿Cómo es posible que me preocupe tan poco que ni lo haya
mencionado? De momento, no estoy asustada, cualquier resultado será bueno. Si
la acabo, estará bien. Si no la acabo, también estará bien, porque aprender a
dejar algo que resulta demasiado costoso es algo que tengo pendiente. Todo
tiene una medida correcta y sana, hay que aprender a quedarse en el esfuerzo
justo, entendido como adecuado, entendido como yóguico. No me imagino a un Maestro
o Maestra de los que alcanzan el Samadhi corriendo ultramaratones. Los imagino
sentados apaciblemente en el suelo, observando el vaivén de la copa de los
árboles, los imagino en paseos meditativos y haciendo Taichí. Cuando uno se
ilumina no tiene nunca prisa, no tiene objetivos.
Los sueños tienen significados y
no hay que haber leído a Freud para darse cuenta. Si sueñas en repetidas
ocasiones que no encuentras la salida es que hay algo en la vida real de lo que
quieres escapar y no puedes. No es psicología, es sentido común.
Tengo el congelador hasta arriba
de tuppers que no sé lo que contienen. Hay gente que les pone etiquetas y
detallan el contenido y la fecha de congelación. Ese es el tipo de cosas que a
mí me agobia hacer. Mañana comeremos sorpresa descongelada.
Hace calor estos días y la
amapola se ha venido abajo. Mustiabermellona. Alicaidacolorá. No es del Letaní
rendirse, pero tampoco lo es luchar. No es del Letaní esperar que los demás
cambien y sí cambiar. No es del Letaní demorarse demasiado ni tener prisa. No
es del Letaní mirar al pasado, pero tampoco olvidarlo. Es del Letaní estar
alegre y también triste, cuando toca. Es del Letaní tener la valentía de
conocerse a uno mismo. Es del Letaní dejar ir lo que tenga que irse. Es del
letaní llorar y también reírse.

Comentarios
Publicar un comentario