Huevos, aguacates, york, yogures,
patatas fritas, gazpacho, plátanos (a 3´45€/kg, carísimos, por el volcán),
cilantro, tomates (a 1´84€, a día de hoy, ganga, la guerra de Ucrania los tiene
a 3´50€/kg), mango, tortitas mejicanas, chocolate negro, filetes de pollo,
alcaparras, menestra y jamón serrano. Finalmente, no he comprado la menestra
porque se me han quitado las ganas de comerla y he comprado melón en lugar de
mango, me apetecía más. Me olvidé de apuntar la menta.
Cuchillito de sierra. A la moda
de París. Milimetrías. Sobre mi mesa.
Septiembre vino cargado de
deporte y amigos. La playa es el premio que me otorgaré cuando acabe la carrera
de 54 kms que tengo prevista para el 9 de octubre y de la que, por primera vez,
me ocupo sin preocuparme demasiado. La intención de acabarla es seria, pero no
vital. El entrenamiento está siendo duro, pero no extenuante, y al ser
compartido con amigas no se está haciendo pesado. Pero hoy, después de tres
días seguidos corriendo, estoy muy cansada.
A estas alturas, todo el mundo en
casa está a pleno rendimiento. Trabajos, colegios y universidad. La última que
se levanta de la cama por las mañanas soy yo y cuando lo hago la casa está ya
vacía. Antes me levantaba para despedir a mis hijas, me daba apuro seguir
durmiendo mientras ellas salían de noche con sus mochilas. Ya no. No hay mayor
placer que el de despertarse en el centro de un profundo silencio interior
impenetrable. Nadie que me hable, nadie que me toque, nadie que reclame algo de
mí. Ni siquiera el ensordecedor ruido del tráfico que ruje bajo la ventana es
capaz de pinchar la pompa que me envuelve.
«¿Cómo planta usted las flores? A la moda, a la moda. ¿Cómo planta
usted las flores? A la moda de París, así me gusta a mí». Me he comprado un
chaleco, de esos de traje, y un pantalón de raya diplomática solo porque se los
vi a una chica que me gustó y la combinación me pareció elegante. Me pasé el
mes de agosto entero vestida para ir a la playa y ahora que he vuelto me pinto
los labios todos los días. No hay razón para lo uno ni para lo otro. No tengo
que dar ninguna imagen especial o eso creo. Solo cambio el disfraz. A veces, me
gusta ir a la moda, pero solo si es «a la
de París. Así me gusta a mí»,
frase que solo tiene sentido si se conoce la canción infantil a la que estoy
haciendo referencia.
Sobre mi mesa ahora: seis hojas
recortadas de revistas con artículos de los que puede interesarme hablar en
algún momento, un bolígrafo de gel Pilot que no me gusta tanto como uno que
compré una vez en un chino, una libreta de anillas muy pequeña en la que anoto
las listas de la compra, las ideas para escribir y cualquier otra cosa que haya
que apuntar, un flexo encendido, un ordenador sobre el que tecleo con el
maravilloso arte de la mecanografía que aprendí cuando estudiaba oposiciones y
dos bobinas, una de hilo blanco y otra de hilo negro, con las que debería haber
arreglado los descosidos de una falda y un vestido de mi hija pequeña y que me
miran tan fijo que me hacen sentir, de nuevo, culpable. ¿Me acompañará toda la
vida el síndrome de la mala madre?
En algún momento dije: «Yo no soy
de milimetrías». Me contestaron que esa palabra no existe. Pues debería, porque
expresa con exactitud una parte esencial de mi forma de ser y es mi absoluto
desinterés por las proporciones pequeñas y/o exactas. Esa es la razón por la
que jamás lograré que me salga un bizcocho, un cuadro me quede recto en la
pared o un mueble de Ikea bien montado.
¿Alguien siente aquí la música?
¿Hay cadencia, ritmo, rima en todo lo que acabo de escribir? Yo creo falta
algo, que no estoy inspirada, que debería borrar, pero que si lo hiciera
estaría faltando a la verdad de un escritor, de esta escritora, y es que las
cosas no siempre salen bien y muchas veces no son bonitas. Hoy no hay olas, no
hay mar, no hay brisa, ni olores evocadores ni me ha pasado nada excepcional.
Voy a trancas y barrancas y cada frase tarda un mundo en salir. Es lo que yo
llamo escribir con cuchillito de sierra.
Los cortes no salen limpios, las palabras se atrancan.
Me he aprendido el nombre de mi
nueva panadera, Virginia, y ella se ha aprendido el mío —le he dicho el
secreto, Magüi, porque me cae bien—. Eso ha creado entre nosotras una cierta hermandad
y ahora podemos hablar de cosas que van más allá del pan de centeno y trigo,
que es el que me gusta.
Son las nueve de la noche. Hace
cinco horas que apagué el teléfono. Hace cinco horas que me siento
completamente libre. En este tiempo he ido al súper a hacer mi compra no
milimétrica, en cierto sentido improvisada y por supuesto perecedera. No quiero
pensar que voy a poner de comer más allá de los próximos dos días. Después, me
sentado a titubear delante del ordenador porque me apetecía, porque no quiero
que pase más tiempo sin dejar unas letras, las que sean.
Son las nueve, es de noche y estoy
en casa, en paz con el mundo y en paz conmigo. La puerta de la calle está
cerrada con llave, no se espera que nadie la atraviese. ¿Ves mi escudo
invisible? ¿Ves mi armadura? Apaga. Apágalo todo.
Comentarios
Publicar un comentario