13/09/2022
Yogures griegos naturales. Huevos.
Rizador de pestañas.
El jueves llega la compra del Mercadona
para septiembre (he tardado dos semanas en decidirme a hacerla, me daba pereza).
He aplazado la cita para el ginecólogo a octubre a espera de los resultados de
la analítica. He solicitado las tarjetas de transporte del consorcio para
familias numerosas, dicen que tardan más o menos un mes y he pagado el primer bono
de 5 clases prácticas de conducir para Magüi (210€, lo reflejo a lo Andy
Warhol, que según cuenta Almodóvar, anotaba en su diario los costes de todo lo
que compraba).
Volver. Ampuloso. Jerome Bartleby.
Mirarla a los ojos.
¿Qué es volver? ¿Cuánto de lejos hay
que irse para que se considere que una se ha ido? ¿Por cuánto tiempo? Si
permaneces en la memoria de los demás, ¿te has ido o sigues ahí? Y puesto que
tú te acompañas a todas partes, ¿realmente te vas alguna vez?
Quienes siguen este diario a tiempo
real creerán que me fui allá por el mes de julio. Quienes lo lean cuando esté
publicado —imaginar es gratis—, sabrán que no. No me he ido. He seguido
escribiendo este verano, pero a mano, como parte de mi desintoxicación digital
y sin público, desnuda cara a con mi ego no aplaudido. Escribir en papel es
hacer labor de filigrana con las letras y con la cabeza. Si te lanzas a él como
un caballo desbocado todo serán tachones, pero si lo haces después de una
meditación serena, habiendo decidido previamente qué decir, cómo y en qué
orden, las líneas fluyen en perfecta cadencia, limpias y casi sonoras.
El verano quedó atrás, cosido a esos
otros tantos pasados en Cádiz y tan parecido a ellos que podría intercambiarse
por cualquiera no solo de mi vida, sino hasta de la vida de mi madre. Se
perdió, en definitiva, para siempre y parece incluso que no tuvo lugar, que no
me moví de mi casa de Sevilla y de mi rutina. Es como si nunca hubiera vuelto,
porque nunca me hubiera ido.
He reducido mi tiempo en Internet de
manera impulsiva y radical con el objetivo de pasar el menor tiempo posible
mirando el teléfono y desarrollar las tareas normales de la vida sin su
permanente asistencia. Así, mis ideas y mis listas de la compra han pasado a
ser anotadas en una pequeña libreta que llevo en el bolso. Y voy haciéndome
propósitos del tipo: no mirar el teléfono cuando voy caminando por la calle,
cuando estoy con más personas, cuando estoy comiendo, cuando estoy en el baño.
Las revistas dominicales de los periódicos han vuelto a anidar en mi bidé como
antaño. Vuelvo a llevar reloj, no necesito saber qué tiempo hace mirándolo en
una pantalla ni me hace falta que Google me informe de cualquier cosa que se me
ocurra al instante. Puedo esperar la información. Eternamente.
Es martes. Los martes las niñas comen
con su abuela paterna y yo me ahorro pensar qué poner. Ricardo y yo repetimos
los chícharos de ayer —y luego me acompañaron a la clase de ciclo en de las
seis de la tarde, en el gimnasio. Los sentí galopar uno a uno por mi torrente
sanguíneo como si no los hubiera masticado, entrechocar uno con otro en mi
corazón, como si no se hubiesen cocinado y, por último, volver por mi garganta
hasta rozarme la campanilla, como si se arrepintieran de que me los hubiera
tragado.
Ampuloso —dije, no recuerdo ya en qué
contexto, durante el almuerzo. Me levanté de la mesa de inmediato, busqué mi
bolso, saqué mi pequeña libreta y anoté la palabra que había brotado, como un
sapo, de mi boca. ¿Cuándo me la comí? No tengo respuesta.
Mi vida, sin noticias, sin televisión,
sin información, se llena de deporte del que se practica, no del que se ve, de
yoga, de ficción en forma de cine, series y novelas, de cocina, de conversaciones,
de pensamientos y de paciencia con un tiempo vacío que ya no intento llenar. No
sé aún dónde estoy aterrizando, pero sí soy consciente de que ya no estoy en el
mismo lugar y de que no tengo prisa por ir a ninguna parte.
Cayó en mis manos un artículo sobre
Zadhie Smith y he descubierto que es una reconocida escritora londinense famosa
desde que publicó su primera novela, Dientes blancos. Me pareció que su libro
podía ser interesante y me planteé comprarlo. La culpa de que no lo haya hecho
la tiene Jerome Bartleby.
Vivo rodeada de perras que no son mías,
pero que son mi familia. Lupi trabaja conmigo y se tumba cada mañana en un
cojín que he colocado especialmente para ella junto a mi mesa. Me pide caricias
y comida. Me mira a los ojos y le devuelvo la mirada hasta introducirme por
completo en esos agujeros negros llenos de felicidad.
Bartleby es un hombre que compra en
Amazon y deja reseñas de los artículos que adquiere. Ha comprado una mochila de
unicornio, una funda para un ipad y otra para un iphone 11, unos auriculares,
una batería auxiliar para no sé qué electrodoméstico y un montón de libros,
entre ellos Dientes blancos, que valen menos que sus opiniones sobre ellos, y
dice cosas como estas:
«Delirante. Uno encuentra lo que busca,
claro, pero la ciencia ficción era otra cosa. Estética (por decir algo) de
videojuego, con acción alocada que permite pasar el rato. Y el sexo, claro,
ideado por un varón, pero protagonizado por una mujer... con actitudes de
varón. El Lesbos, como no, completa las fantasías masculinas. Siempre
homoerotismo femenino, para el de dos chicarrones aún no estamos preparados.»
¿No es
maravilloso encontrar una reseña en Amazon digna de aparecer en cualquier
revista literaria de prestigio? En general, es maravilloso encontrarse con
cualquier opinión que vaya más allá de un «me ha gustado (o no)» o «es un libro
que engancha». También lo es encontrar un párrafo que reclame atención absoluta
y que incluso te obligue a releerlo. Por no hablar del gusto que da darse de
bruces, sin esperarlo, con una opinión expresada de forma inteligente. No me
importa el contenido en sí, no necesito estar de acuerdo. Me basta y me sobra
con la música de esas palabras, con el vocabulario preciso y culto, para
disfrutar de lo lindo.
Haber
dado con Barleby es, para mí, como encontrar un billete de cincuenta en el
bolsillo de un abrigo. Es una alegría y una puerta que se abre en mi
imaginación: ¿quién hay detrás de este pseudónimo?, ¿un escritor, un editor, un
corrector, un simple lector (no lo creo)? No tengo forma de saber quién es,
pero tengo todo el tiempo del mundo para imaginármelo, para crear mi propio
Barleby.
Mi
Barleby es guapo y joven, vive con su chica en un pequeño apartamento y tienen
una hija pequeña a la que le gustan los unicornios. Por supuesto, es escritor
frustrado, como casi todos, y tiene un grupo de amigos que también lo son, como
yo. Él continúa escribiendo, aunque todo lo que crea es efímero: escribe en su
mente mientras se ducha, mientras camina por la calle, mientras prepara una
tortilla francesa para su niña o le pela una manzana. Escribe mientras sueña y
se olvida cuando se despierta. Y escribe cuando reseña los productos que compra
en Amazon:
«El narrador consigue un flujo de conciencia
colectivo. No son las 24 horas de un Ulises por Dublín, pero tampoco es mucho
más tiempo. Y es Glasgow. Leerlo en versión original sería difícil, pero
valdría la pena.»
Alguien que habla de «flujo de
conciencia» me tiene medio ganada. Si además habla de Ulises en el mismo
párrafo me ha ganado entera.
A menos de un mes de correr los 54 kms
de la Turdetania no tengo miedo. No sé si eso es bueno o malo. Cada domingo
corro unos 20 kms y entre semana salgo uno o dos días más. No puedo aumentar el
volumen del ejercicio aeróbico semanal porque entro en una fase de agotamiento
por la que no quiero pasar. Disfruto corriendo y no tengo ansiedad. Que acabe o
no la carrera no es importante.
Aún hay nardos que no compro en la
floristería. Nadie espera que llegue el otoño, tampoco yo. El tiempo
simplemente pasa. «Mientras ando me doy cuenta de que respiro», «mientras me
visto me doy cuenta de que respiro». Estas jaculatorias me colocan de inmediato
en el aquí y el ahora y entonces me digo: «este es el sitio exacto en el que
debo estar ahora, no hay otro mejor, sencillamente porque no hay otro».
He vuelto. No como antes. Ninguna de
nosotras es la misma. Ninguno de vosotros sois los mismos. He vuelto, pero que
conste que nunca me fui.
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