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CARNE II


Abre la carpeta. Saca un puñado de papeles y los cuadra sobre la mesa maciza de roble de espaldas a su expectante público hasta que no sobresale ni una sola esquina. Se da la vuelta, se ajusta las gafas, hace un barrido visual buscándome, pero no detiene la mirada en mí cuando me encuentra. Eso es algo que no se puede permitir. Empieza: 

Agea Gómez, Antonio.  

Miro a las gradas. El chico se encuentra atrás, al otro lado del pasillo. No recuerdo haberlo visto nunca antes, pero eso es habitual en esta facultad. Se levanta y con él todos los de su fila para dejarlo pasar. Baja los escalones crujientes de madera sesentera y llega hasta donde se encuentra la profesora, que le entrega unas cuantas páginas. Vuelve a su sitio. 

Noventa y cuatro nombres después, dice el mío, como si fuera cualquier otro. Pero yo reconozco ese ligero entrecortamiento de su voz al arrastrar la última a de mi segundo apellido. Me levanto. El calvario es breve porque estoy cerca, en la esquina central. Recojo mi examen. Miro la nota.

Lo sabía. 

Nueve meses antes: 

Acababa de salir de un bache del que no quiero explicar cómo entré. No es el objeto de esta historia y lo que no aporta es prescindible. Pero es importante describir mi estado anímico: como si me acabaran de quitar una escayola del brazo, empezaba estirar los dedos y sentirlos desentumecerse, tenía la piel blanca, la carne encanijada y los músculos debilitados. Pero era libre. Entraba luz en mi vida, salía de casa, quedaba con amigos, comía con ganas. Volvía la ilusión y con ella también el hormigueo

El hormigueo: Dícese de una sensación cosquilleante que se inicia en las partes bajas y se reparte por el cuerpo produciendo un placer de baja intensidad, pero constante, que llega al cerebro, donde se encienden lucecitas que vuelven abajo, insuflando calor, llenando de sangre la red de vasos sanguíneos de la zona, hinchando y coloreando cosas y haciéndote resoplar.  

Hacía mucho tiempo que no estaba con nadie de esa forma. Las ganas y las oportunidades no siempre se acompañan. Sin embargo, hay veces que las ocasiones están delante de tus ojos y solo tienes que abrirlos para verlas.  

Ya la conocía. Era amiga de un colega del barrio y habíamos coincidido en alguna que otra fiesta de cumpleaños. Lo cierto es que me había fijado en ella: en sus enormes ojos chiribitosos (por el rímel azul eléctrico) bailando tras sus grandes gafas de montura de pasta roja, en su sonrisa pintada de rojo, en sus mejillas blancas y carnosas cubiertas de un estridente colorete, en su pelo corto, negro y rizado. Todo rozaba lo excesivo. Era la manifestación pura del optimismo, la fuerza y la seguridad. 

La teoría del deseo: No existe, porque el deseo es impredecible y por tanto no puede demostrarse empíricamente ninguna teoría al respecto. El deseo puede despertarse por un olor (el de ella a vainilla), una voz (la de ella melódica, cantarina, levantando el final de las frases), una mirada cómplice (sí), un discurso divertido o intelectual o ingenioso (el suyo lo tenía todo). Lo que suceda después dependerá de que lo que se despierta en uno se despierte, por las mismas u otras causas, en el otro.  

Estaba en un bar de la Alameda con mi amigo, los vi y me paré a saludar. Del saludo a unos caracoles pasamos en cuestión de minutos. Sentí el hormigueo, por supuesto, y también la electricidad

La electricidad: es el hormigueo cuando no parte de uno, sino que surge en intrínseca relación con el cuerpo y el cerebro de otra persona. Es una conexión, un lenguaje de signos, un grito ancestral que se transmite en el silencio, como el pitido de un silbato para perros, y que el otro escucha en lo más profundo de su vientre. Se dispara si hay un roce casual o intencionado (apoyó distraídamente la mano en la parte alta de mi muslo al levantarse para ir al baño, se agachó para decirme algo al oído, porque el ruido ambiental no nos permitía escucharlos con claridad en la distancia y, no sé cómo, al reincorporarse, uno de sus pechos acabó rozándome la cara. Bendito ruido ambiente). Los efectos de la electricidad son parecidos a los del hormigueo, con la única diferencia de la intensidad. El corazón se instala entre tus piernas y ahí bombea con todas sus fuerzas, la mirada se dulcifica, la sonrisa se ablanda y cada célula de tu cuerpo pugna por separarse de ti e introducirse, como un virus, en el otro. El cerebro está absolutamente concentrado en un único objetivo: la unión. 

Fuimos a su casa, yo aún vivo con mis padres (por lo del bache y todo eso). De camino, me contó que era fan de Harry Potter y yo le conté que pintaba. Me contó que leía novelas negras, le conté que hacía años que no leía por placer. Hablamos de sus problemas con sus padres. Mantuve oculto lo de mi bache, pero le hablé de esa sensación interna de soledad que siempre me ha acompañado. Me cantó, le conté chistes. Reímos, reímos y esa barrera, que todo ser humano mantiene a su alrededor para protegerse, se fue derrumbando.

La complicidad: Es un ingrediente imprescindible para que un acto sexual llegue a ser categorizado como excelente. No es necesario conocer previamente a la otra persona. Tampoco es necesario que permanezca en el tiempo. Con que dure unas pocas horas entre el antes, el durante y el después, es suficiente (para el diez). Quizá no vuelvas a ver a esa pareja sexual en tu vida, pero el rato que pasaste con ella será inolvidable. Un carácter amable, cariñoso, delicado (sin llegar a ser cursi), bromista, seguro, contribuirá a crear y mantener esa atmósfera. Una conversación fluida, directa, clara, evitará momentos violentos que romperán la atmósfera. Tampoco hables demasiado, ocupa tu lengua en otras cosas, en otros sitios, suelta tu fantasía, explora.

Su cama era grande y blanda. Dejé que me quitara la ropa. La desnudé despacio, besando las marcas profundas que su sujetador había dejado en su piel. Recorrí con la boca esos lugares que normalmente se olvidan con las prisas: el hueco de detrás de sus orejas, sus axilas, ingles, el pliegue bajo sus pechos.

Que sus tetas eran grandes era algo que saltaba a la vista, pero tenerlas rebosando entre mis manos fue delicioso. Sentir su peso, soltarlas de repente solo para verlas caer, besar sus pezones hasta ponerlos duros, meter mi cabeza entre ellas y tapar mis orejas con su carne hasta la completa sordera, qué placer… El deseo y la electricidad, disparados. Su centro hinchado, húmedo, abierto, impaciente.

Dicen que el libro de los gustos está en blanco. Mi edición, sin embargo, está llena de carne femenina lechosa, abundante, prieta y suave como el culo de un bebé y como tal, con piel de naranja. La cuestión es tener donde agarrarme, hundirme, perderme y olvidarme. Si para llegar a un agujero tengo que bucear en crudo y en oscuro, mejor que mejor. 

Cuando una mujer está excitada, si su nivel de estrógenos es normal (en otro caso, hay cientos de posibilidades igual de interesantes), se moja. Segrega un flujo de textura un punto más consistente al del agua y alguno menos que el aceite, resbaladizo, abundante, que inunda su vagina y suaviza aún más, si es que es posible, sus labios menores y su clítoris. Es el momento ideal para tocarla ahí con uno, dos, tres… todos tus dedos. Está relajada y caliente a un tiempo, está abierta, valga la metáfora común, como una flor y, si hay complicidad, entre tu mano y su sexo hay una atmósfera de seguridad, juguetona, plácida, ausente de complejos, de dudas y de miedos.

Empezó el baile. 

El baile: Sucesión de movimientos rítmicos al compás de una música o cualquier otro sonido (una respiración vale). La coordinación es básica siempre, pero cuando el baile es entre dos, es fundamental. Una simple caricia es parte de la secuencia y debe de ejecutarse con delicadeza y precisión. La tienes tumbada boca arriba en su cama, esperándote ansiosa, la miras a los ojos (muy importante), esperas unos segundos (nunca te saltes este paso, hazla sufrir y luego disfrutará más), acercas tus manos, tus mejillas y tu boca y empiezas una caricia múltiple, húmeda, lenta, suave, cadenciosa, que suba por sus pantorrillas llenas, llegue hasta sus muslos, aún más llenos. Los agarras, los aprietas, los amasas y los abres para meterte dentro con toda tu pasión. Mantén la intensidad: pianississimo, pianissimo, piano, mezzo-piano, mezzo-forte, forte, fortissimo, fortississimo. Usa toda la escala, salta de piano a fortississimo si quieres, pero no cometas el error de mantener una cadencia fija, constante, aburrida. Baila, baila y si bailas lento, créeme, mucho mejor.

El estallido: Es un momento de ausencia total de mente, podría ser la primera meditación que conozca el ser humano y la que más repite, en el que todo tú eres placer. Quizá esté concentrado en una única parte o, si tienes suerte, se extienda como un impulso eléctrico y recorra todo tu cuerpo. Quizá unas veces es de un tipo y otras veces del otro. No sé de qué tipo fue el de ella, no llegamos a tener esa conversación. Pero la vi subir, aumentar el ritmo, acelerar la respiración, tensar la espalda, apretar los muslos, cerrar los ojos, olvidarse de mí, viajar hacía dentro y luego relajarse, expandirse, sonreír. Me dijo: acabo de correrme y eso es algo que a veces no sucede. La entendí, a mí tampoco me pasa siempre (el bache…), aunque esa vez, como ella, también estallé y a lo grande. El orgasmo partió del corazón, situado en esos momentos, en lo más bajo y hondo de mi vientre, subió a través de mi columna vertebral, atravesó mi cuello y se extendió por todo mi cuero cabelludo. Me produjo contracciones en más de un lugar. Tengo la manía de contarlas: veintiuna.

Nos abrazamos, los cuerpos exhaustos, sudorosos, felices y nos dormimos. Desayunamos debajo de su casa. Lo hizo ella más bien, con apetito y ansia, con ganas y alegría, mientras yo la veía disfrutar, sin ser capaz de probar un bocado. Antes del medio día no me entra nada. Luego, un beso profundo y sentido y cada cual se marchó por su lado, como estaba previsto.

No pensé que volvería a verla y sin embargo…

Dos meses después:

Volvía a la facultad de Derecho después de un año en blanco (ya os imagináis por qué). Mi piel un poco más curtida y coloreada. Los músculos algo más llenos. La ilusión constante, en una frecuencia de baja a moderada. El miedo disparado. ¿Sería capaz de enfrentarme a esa enorme aula, a los doscientos compañeros y compañeras, a los distintos profesores, a las diferentes materias? ¿Encontraría la fuerza para concentrarme, estudiar y aprobar alguna (por lo menos una) asignatura?

Me senté en cualquier sitio, uno con una salida fácil, por si entraba en pánico. Hice mis ejercicios de respiración y me calmé lo suficiente como para permanecer en la silla hasta que entró ella. Habíamos hablado de muchas cosas, pero de qué hacía cada una, no. No sé por qué no me contó que era profesora de derecho civil en la Universidad. Sí sé por qué no le dije que yo era estudiante, cuando estuvimos juntas, aún no sabía si sería capaz de volver.

Tardó en descubrirme, a pesar de que mi pelo largo y rojo es difícil que pase desapercibido.  Pude ver la sorpresa reflejada en su rostro cuando me reconoció. Detrás del asombro, vino una tímida sonrisa y después su culo gordo: se dio la vuelta para no reírse.

No falté a ninguna de sus clases y nos tomamos varias cervezas en el bar de la facultad con otros alumnos suyos. De todo el profesorado del curso, ella era sin duda la más accesible, la más entregada, la mejor. Tuvimos la conversación: mejor no contar nada, mejor no repetir aunque fue fantástico, etc, etc. Estábamos de acuerdo. Yo no estaba preparada para meterme en una relación. Ella era prudente, se estaba labrando un lugar en el departamento y no quería líos con alumnas. Quizá en un futuro…

Ahora:

Tengo mi examen delante. Cuatro folios escritos por delante y por detrás en un azul claro tipo bic cristal. Escasos márgenes algo serpenteantes. Líneas inclinadas hacia arriba al final, optimistas. Un par de tachones. Cuatro preguntas, todas contestadas. En la esquina superior izquierda del primer folio, la fecha del examen y mi nombre. En la esquina derecha, dentro de un círculo rojo, la nota de mi examen.

Lo sabía…

 

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