Sujeto «A»: Rostro barbudo
enmarcado en el centro de una diana circular de color rosa, arrugas de cuarenta
años de edad junto a los ojos, manos rudas, tamaño pizza individual de masa
gruesa con bordes rellenos de queso —de esas que esperas que nunca te den una
hostia porque sabes que te haría atravesar la pared—, labios finos de mentiroso
o introvertido cuya irrelevancia justifica el bosque negro que los rodea,
lengua bermellona que asoma por la ranura de su boca cuando sonríe. A veces
sonríe.
Sujeto «B»: Faz ovalada color
blanco mollete de Antequera, pecas diseminadas como semillas de sésamo que
cayeron de forma irregular, más por la frente, mejillas sonrosadas, orejas
rojas, labios gruesos color carne tímida, ojos avellana redondos, húmedos y
frágiles, manos tan pequeñas que caben en los bolsillos para monedas que tienen
algunos jeans. Olor fuerte a esa inocencia de los veintitantos de la que uno
mismo es inconsciente. Fin de las descripciones.
Hora: seis de la mañana. Febril
actividad.
El sujeto «A» aparece doblando la
esquina empujando un perchero tipo burra del que cuelgan tres costillares de
vaca de más de metro de largo. Lo desliza por el húmedo suelo adoquinado de la
calle produciendo un sonido rugoso: tacatá, tacatá. Con dificultad lo hace
pasar por la pequeña abertura que deja su mostrador para la entrada y lo
introduce en la cámara frigorífica que está detrás del mismo, cuya puerta había
dejado previamente abierta. El espacio es mínimo. Los movimientos, complicados,
pero estudiados y repetidos tantas veces que ya sabe hasta cuándo ha de dejar
de respirar para caber. Deja el muerto bien colocado en el frío y sale cerrando
tras de sí la puerta de aluminio. Cuando se gira, empieza el espectáculo. El
artista está sobre el escenario, parapetado por un mostrador refrigerado que
muestra lo mejor de lo que tiene: ternera gallega, cerdo extremeño, despieces
rojos, rosados, chorizos y morcillas.
La sujeto «B» ha seguido desde su
puesto, justo enfrente, y como cada día, la operación desembarco de la carne.
Ha visto llegar a «A» con el delantal blanco aún limpio. Ha imaginado los
músculos de sus brazos redondos y tensos bajo las mangas, sus glúteos
apretados, sus gemelos hinchados. Lo ha visto trabajar encorvado como el
discóbolo de Mirón y descansar después, como el David de Miguel Ángel, cuando
todo ha terminado y está a punto, a su vez, de empezar. Ahora ve cómo se
coloca, cual cantador de subasta, brazos en jarras, elevado tras el recién
limpiado cristal del mostrador, y observa su cabeza enmarcada, como el centro de
una diana, en el culo rosa de un cerdo onubense que es la figura central del
poster que tiene pegado en la pared a su espalda. Vuelve a leer el eslogan del
poster: «Del cerdo me gustan hasta sus andares» y piensa que a ella del cerdo
también le gustan hasta sus andares.
El sujeto «A», aún resoplando,
mira por primera vez en el día a la sujeto «B», que lo saluda mímicamente con
su pequeña mano enharinada. Desde su magistral estrado la ve pequeña y delicada
como una amapola, pero blanca como una azucena, y se pregunta por qué su
presencia le intimida tanto y cómo va a pasar el resto del día esquivando su
mirada, porque ella es el único horizonte, literal, que tiene y cuando aparta
los ojos de sus carnes lo único que ve, y puede ver, es a ella. Ha pensado más
de una vez aceptar la proposición de permutar puestos que le ofreció el de la
cestería, lo que lo devolvería a su lugar natural en la calle de los carniceros,
pero no acaba de decidirse y encuentra miles de razones por las que el cambio
no le interesa aunque real solo hay una: la perdería a ella y levantarse por
las mañanas dejaría de tener sentido.
La sujeto «B» prepara masa para
hojaldre. Además de pan, hace empanadas de distintos tipos que vende,
principalmente, a turistas que pasean por el mercado cada día y que son los que
hacen rentable el negocio. Mientras, fantasea con el sujeto «A». Gran parte de
su actividad mental diaria está dedicada a pensar en él, inventarle un pasado,
un presente y un futuro, a imaginarlo con ella en el cine, en un restaurante o
en la cámara frigorífica follando como salvajes entre grandes pedazos de carne
de animales muertos. La sujeto «B» es vegetariana y sus ensoñaciones con «A»
pasan rozando la transgresión de sus principios y de su moralidad. ¿Follárselo
sería como comer carne? No, pero se acerca y ese borde del precipicio la pone
muy cachonda. Mientras, casca y bate huevos tratando de montar primero la
clara, sin romper las yemas, porque de esa manera la masa quedará luego más jugosa.
Hace girar, con más pericia que fuerza, la varilla removiendo el líquido mucoso
transparente que le recuerda a … Mete la mano desnuda en el bol y deja que la
clara se deslice entre sus dedos sintiendo el tacto aterciopelado y la pesadez
de su untuosidad. Lo mira.
«A» friega con un estropajo y un
gran chorro de Fairy la plancha de mármol en la que reposará su carne a lo
largo del día y sobre la que han pasado huesos, músculos, fibras, sangre de
mamíferos durante unos diez años. Es la que siguen llamando «la nueva», por contraposición a la que es aún más
antigua, a pesar de que su superficie ya tiene una gran hendidura central y
está estampada de cicatrices. «A» se afana en eliminar la negrura de alguno de
sus cortes y las líneas rojas que ha dejado la sangre derramada en otros, pero
nada puede borrar el paso del tiempo y de la mierda que la acompaña. Sustituirla
es un desiderátum que nunca hace realidad, a pesar de que es el único de sus
sueños que podría cumplir.
«Si el puesto lo regentara una
mujer, ese pedazo de piedra asqueroso ya no estaría ahí», piensa «B». Acto
seguido recuerda el reguero de clientes, muchos de los cuales son mujeres, que
ven cortar la carne que comerán sus hijos en eso que ya no puede ni llamar
mármol, sin inmutarse ante color parduzco y decide que quizá esté equivocada.
Ella sí lo cambiaría, pero solo después de haber acariciado su rugosidad con la
mano de él sobre la suya. Solo después de que él le bajara las bragas, la
sentara encima y el frío le helara el culo mientras él le calentara el coño con
los empujones de su polla. «A» levanta la cabeza y la mira con esa expresión de
hombre preocupado por la higiene que ella no se traga ni un solo segundo, pero
que le queda tan bien. Responde con una sonrisa de las de «Qué le vamos a
hacer. Todo por el cliente» mientras sigue el recorrido de la gota de sudor que
ha partido de su frente, se ha deslizado por su nariz y se ha perdido para
siempre en la negrura de su barba. Nunca le ha comido el coño un hombre con
barba. Se pregunta qué se sentirá.
La mujer de «A» ha olvidado ya lo
que se siente cuando la barba de su
marido baja al pozo. Pero tampoco es que le importe. Su vida vuela en la
lentitud de gestos repetidos y, la verdad, no tiene tiempo. Y a lo mejor
tampoco tiene muchas ganas. Y puede que lo prefiriera imberbe, pero tampoco es
algo que haya pensado mucho. Hay que tener en cuenta que «A» y ella llevan a
sus espaldas siete mil doscientos treinta y cuatro días juntos, aunque no los
hayan contado, y entre ellos lo que hay se mueve en la placidez de la costumbre
y la tranquilidad de la seguridad. El sexo es algo que ya tienen muy trabajado
y que funciona, mecánicamente, a las mil maravillas. Ella se corre. Él se
corre. Fin de la historia.
La mujer de «A» no sabe que «A» tiene sueños
húmedos muy vívidos con «B» en los que le hace el amor, siempre desde detrás —a
veces se pregunta por qué, si lo que más le gusta de ella es el rostro pálido y
joven—y en los que se corre dentro. Pero eso no es lo mejor de sus sueños, lo
mejor es que sus orgasmos son largos como una meada y mientras duran tiene la
sensación —tan real…— de derretirse poco a poco de pies a cabeza. A veces se
despierta con todo el cuerpo erizado y la polla tan tiesa que le duele.
Entonces busca a su mujer, que siempre está vuelta para el otro lado, mete la mano
en sus bragas, abre la puerta negra con el dedo, la despierta, acepta el gemido
que le llega lejano como la otorgación del esperado permiso, le encaja la polla
por detrás y con dos empujones está listo. El orgasmo no tiene nada que ver con
el que ha soñado instantes antes, pero no le pone demasiadas pegas ni le da
vueltas a la cabeza porque enseguida aparecen los remordimientos.
Despierto tiene otro tipo de
sueños más relacionados con felaciones. Ahí sí controla él qué parte del cuerpo
de «B» coloca ante sus ojos y siempre, siempre, es su rostro: su frente lisa,
sus mejillas llenas, sus pequeñas orejas coloradas, que fantasea acariciar
mientras ella permanece ante él en genuflexión, con la boca abierta y la lengua
fuera en devota y ansiosa espera de su miembro. Y sueña con soltarle todo
dentro. Todo es todo: semen mezclado de cansancio, hastío, miedo, frustración,
ira, desilusión y dudas, muchas dudas. Y después, con la polla flácida aún en
su boca, la atraería hacía sí, la abrazaría y acariciaría su pelo, su cuello y
hasta donde alcanzara de su espalda, creyendo darle amor, pero tratando de
llevarse a cambio, sin conseguirlo, un poco de su juventud y su lozanía.
«B», por su parte, tiene fantasías parecidas y
se ve justo como él quisiera verla, esperándole desde abajo, con su garganta
bien dispuesta a recibir… ¿A recibir qué? Ella cree que lo que quiere es su
polla, su orgasmo y su semen. Pero en realidad lo que busca, y no podría
arrancarle, es el jugo que él le ha sacado a la vida en sus últimos veinte años
y que a ella le faltan. Lo que «B» ansía es su experiencia, conocer la causa de
cada una de las arrugas que surcan el rostro de «A» o la razón de cada cana. Pero,
por más que le succionara la polla, no se llevaría un gramo de información,
aunque se la chupara hasta desgastarla intentándolo.
El día transcurre, como cualquier
otro, entre harinas, chuletas, labios fruncidos, empanadas, hígado, ojos avellana,
barras integrales, tocino, barba negra, magdalenas, chicharrones, cuello
desnudo, punta de lengua, pechos tiernos, pecho velludo, manos desnudas, brazos
desnudos, mentes desnudas. A las tres ambos echan la persiana. «A» vuelve a
pasar el estropajo por el mugriento mármol y saca la manguera para baldear. «B»
guarda las empanadas en el frigorífico y pasa una bayeta por el mostrador. Los
dos salen de sus puestos y por primera y última vez en el día se encuentran uno
frente al otro sin escudos de por medio. Él no era tan alto ni ella tan baja. Se
miran un poco más intensamente mientras distraen las manos cada uno a su
manera: «A» desatándose el delantal blanco, «B» secándose las manos en un
trapo. Se dicen algún tópico y se acarician, por primera y última vez, con sus
voces: ronca la de él, dulce y argentina la de ella. No aguantan mucho rato la
presión de estar tan cerca, ambos sienten el chispeo de sus cuerpos y tienen
acelerado el corazón. «A» rompe el hechizo con un atrevimiento: la agarra el
brazo y le da dos besos. «B» siente la presión caliente de los dedos de él y se
imagina…
Cuando él se marcha, ella aún
nota en la cara los pinchazos de su barba dura.
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